navarra, cada vez más española y menos foral. La frase de la presidenta Barcina define el estado de la situación: "UPN y PSN estamos de acuerdo en cumplir lo que es obligado cumplir". Nuestro menguado y residual autogobierno consiste en "adaptar" o adaptarse a la legislación del Reino de España. Los márgenes son estrechos. De aquel histórico y simbólico pacto entre iguales (consuelo de afligidos por la derrota, la conquista y la anexión, mantenido y ensalzado después por la complicidad de Navarra en el levantamiento y victoria del dictador Franco) a este presente real de calderilla para maquillaje de una precaria administración autónoma. El Estado de las Autonomías nació para contener las aspiraciones de los nacionalismos periféricos (la Constitución equipara el derecho a la autonomía de nacionalidades y regiones) sin disolver las opciones de un nacionalismo español centralista. El café para todos, con algunas autonomías de pizarra más que de sentimiento, se repartió para aminorar agravios comparativos. Autogobierno suena rimbombante. Excesivo. Una expresión grandilocuente en las bocas grandilocuentes de políticos provincianos. Para atontar con los ecos internos, no para deponer pretensiones externas. Gobernar es dirigir un país. Aquí se dispone sobre una parte de la Hacienda. Y punto. El momento político es expresivo al respecto. Y peligroso. El PP conserva las esencias de una España única ("indisoluble unidad", reza la Carta Magna), grande (hoy por hoy, en desempleo y corrupción) y sometida a los dictámenes conservadores y neoliberales. La Esperanza de Aguirre, menos voceada pero compartida por otros correligionarios. El Gobierno y el Parlamento de Navarra afrontan la situación en estado de debilidad e ineficiencia. El Ejecutivo foral, unido solo por la argamasa del poder, es ideológicamente incoherente y funcionalmente poco operativo. UPN comparte y avala unas reformas estatales del PP, que duda en aplicar aquí en su integridad y que solo puede hacerlo de acuerdo con un PSN que las rechaza. El PSN es cómplice de "ajustes" locales, mientras su mercenario portavoz parlamentario gesticula discrepancias y amenazas. Ambos partidos comparten responsabilidad grave en el precipitado desastre de la aforada (¿?) Caja Navarra. Por eso se han negado a que los representantes parlamentarios en la entidad ofrezcan explicaciones. La misma cobardía con la que se evitan otras comparecencias comprometidas o se elude una queja formal por la frívola actitud del Jefe del Estado en su cacería de elefantes. Una noche insomne por el elevado paro juvenil, tropezó al levantarse. En una Monarquía parlamentaria, algo tendrían que decir los Parlamentos ante la deriva de la Casa Real. Pero tienen las orejas gachas. Como elefante abatido.