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Lo peor no lleva casco

Pasó en Madrid. Policías infiltrados buscan la bronca, y otros Policías infiltrados, estos como los futbolistas, bien de fármacos, empiezan a repartir candela. El regalo de porrazos es tan salvaje y arbitrario que incluso uno de los primeros -"¡que soy compañero, coño!"- se lleva su ración de moratones de la autoridad. Justicia poética, he ahí un ejemplo. Lo que sigue es una película de pánico y chulería en la que los agentes zurran a transeúntes, intimidan a periodistas y amenazan a curiosos, paisanaje que con sus impuestos paga a los verdugos. También hay cojos mantecas, pero la mayoría indignada y aterrorizada es vecindario tan harto como pacífico.

Lo peor, sin embargo, ha venido luego. Es la insultante prepotencia de una secta gubernamental que considera esa razzia una "actuación magnífica". Es la ciega militancia gremial de ese sindicalista de la Policía que aplaude la cacería con un pensamiento humanista: "Leña y punto". Es esa tribu mediática fanatizada cuyo olvido del oficio se resume en la descripción que hace Alfonso Ussía de los manifestantes: "Chusma". Es esa intelectualidad altiva que en su supuesta deserción de la realidad simula no estar con nadie, que es la manera más rentable de estar con el poder. Fernando Sánchez-Dragó habla con desprecio de "Neptuno y cierra España" antes de avisarnos: "Ni estuve ayer ahí, ni estaría hoy, ni mañana ni nunca". Veremos qué pasa cuando se echen a la calle a protestar las colegialas.

No, lo peor no es el portero de discoteca que goza poniendo en práctica los golpes aprendidos en el gimnasio. Es el dueño del garito que se lo permite y agradece, el parroquiano habitual que aplaude la somanta, el testigo que calla porque quien sangra en el suelo es negro y el político de turno que minusvalora el incidente no vayamos a dar una mala imagen de la ciudad. Y, sí, lo sé, hay maderos y puertas malos y buenos. Como diputados, columnistas, polvos, chistes y bocatas de ajoarriero.