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Chunda chunda

El Parlamento navarro decidió ayer, con los votos del PPN y UPN, que se toque el himno de España en todo acto solemne que se celebre en la comunidad. Hablar de Reyno ya suena raro. La moción se cocinó con un perejil de polémica, un pimentón de guasa, un ajete de perplejidad y un cebollino de rechazo. A mí, con el permiso de sus señorías, esto me empuja a una múltiple reflexión. En primer lugar, los miles de parados no merecen que sus representantes gasten un segundo, ni una neurona, en organizar esta orgía patriótica. Hay otras prioridades. Y cómo es él, a qué dedica el tiempo libre. En segundo lugar, los trabajadores quieren saber cuánto costó exactamente el galleo banderizo, esto es, cuánto cobraron por ese debate los gestores públicos. Y cómo es él, a qué dedica mis impuestos. En tercer lugar, ese deseo de incordiar a un tercio de la sociedad con un asunto tan innecesario como controvertido reafirma la idea de que los políticos crean problemas donde no los hay o, mejor dicho, tapan con estiércol la mierda ya acumulada. Mucho circo y poco pan. En cuarto lugar, puesto que en Barbate no existe el deber institucional de oír el Chundachunda cada vez que hay misa mayor, lo que en realidad han hecho esos diputados rojigualdos es subrayar el hecho diferencial. En el Corán no hay camellos porque no urge dar un aire árabe a un libro que ya lo es, y el alcalde de Churrasquete no llama a Manolo el del Bombo cuando inaugura el frontón municipal. En quinto lugar, está visto que eso de que el patriotismo es refugio de canallas solo se aplica a patrias ajenas y chiquitas, pues en el imperio parece virtud españolear sin complejos. Y en sexto lugar, todo esto recuerda a jugador de pequeña de mus, a espontáneo con el Bombero Torero, a esos futbolistas del Torrebruno FC, o del Deportivo Judas, que cuando su equipo va mal aparecen en la prensa con la camiseta del Madrí. Creen que los llamará Mourinho y con suerte los fichará el Intereconomía.