Una fotografía es una instantánea. Retrato de un instante. En el Día del Partido, Miguel Sanz regaló una carantoña a Yolanda Barcina, su ahijada política. La fichó como consejera del Ejecutivo foral, la proyectó a la Alcaldía de Pamplona y la apadrinó como presidenta de UPN y su candidata a la presidencia del Gobierno. Mimo en público. El fotógrafo estaba allí. ¿Un paternal gesto de cariño, un dulce reproche en la discrepancia, un atisbo de machismo protector? Él, cercano y cálido desde un aire de superioridad. Ella, embelesada: ojos brillantes, mentón prieto y arrugado que acerca los labios hacia su caricaturesca nariz, o sonrisa encantada. Según el instante. Mano derecha (la natural de Sanz para manejarse en política) sobre mejilla izquierda (la que Barcina tendría que poner para recibir el beso de Jiménez, si es que el secretario general del PSN-PSOE sabe distinguir entre derecha e izquierda). Barcina, obstinada: por responsabilidad, no es momento para elecciones. Sanz, realista: hay que "aguantar todo lo que se pueda", pero tres años por delante en minoría parlamentaria son demasiado tiempo. Barcina insiste en demandar apoyo a los despechados socialistas. Para disponer de Presupuestos y por coherencia con decisiones compartidas. Sanz los comprende: "El pacto con el PP dificulta las relaciones con el PSN. Y al que no le guste reconocerlo, que se aguante", remata empachado de certeza. Reproche injusto porque Barcina ha hecho lo mismo que hizo Sanz: sumar con el PP para ganar elecciones y apoyarse en el PSN para asegurarse el sillón presidencial. Cada cosa, a tiempo y a conveniencia. Por favorecer el resultado electoral, ejerció de PP-Sanz durante años. Por mantenerse en la poltrona, provocó la ruptura del pacto y la desaparición de CDN. Además, una complicación emocional en el análisis del expresidente: Barcina y Jiménez "están resentidos". Sanz podría ejercer una eficaz mediación hasta sentarlos de nuevo, exultantes de alegría, en una terraza vecina al Parlamento. Pero Barcina tiene orgullo y Jiménez -iluso-, ambiciones. Aspira a liderar una nueva etapa en Navarra mediante acuerdos con partidos de izquierdas. "Cuando toque", porque le tiemblan las piernas ante una moción de censura y ante unas elecciones anticipadas, otra muesca segura en el despeñamiento socialista. Ambas hipótesis lo dejarían a merced del nacionalismo vasco, del moderado y del radical. Mientras corra el tiempo, el PSN hará lo que en el argot ciclista se conoce como la goma: unas veces se acercará y otras se descolgará de UPN. Las obras de restauración son lentas y el edificio socialista está muy agrietado y con inquilinos en huida. Sanz y Barcina tienen algo más en común: su capacidad demostrada para dejar la caja vacía. La de todos.