La lengua herida (II)
Sostenía yo que muchos vascoparlantes usan casi siempre el castellano por la misma causa que otros usan el euskara, léase por deseo personal, sin que ninguna administración los empuje a ello. Como me temía, bastante gente se ha enfadado y entendido, creo que en este orden, que uno odia a Axular. "Si no quieres no lo hables, pero deja hablarlo a los demás", grita un contrario, y añade que con mi discurso hago el juego a PP, UPN, PSOE y UPyD. Ni Laudrup llegó a tanto. De modo que si para Basagoiti el salmón es un pez, para mí ha de ser un árbol, no vaya a coincidir con el enemigo.
Entre quienes dicen protegernos abunda esa postura. Se ha creado la impresión de que existe, o debe existir, unanimidad acerca de las leyes y recetas que la lengua merece. Contra Mosquera vivíamos mejor. No se le ocurra a usted criticar la inmersión catalana, la exigencia de ciertos perfiles lingüísticos o la invasión de imaginería política en todo evento en el que el euskara es protagonista. Lo tomarán por tocapelotas, ignorante o traidor. Es como si la defensa del idioma nos obligara a silenciar disconformidades. Y no, colegas: si es injusto impedir a un niño navarro estudiar en euskara, también lo es prohibir a un catalán que lo haga en castellano. Por ejemplo. Y molaría si fuéramos más los que, aun errados, discrepáramos de tanto mandamiento.
Y es que a veces, con la política lingüística, a uno le parece asistir a un Gato al Agua local en el que todos estamos de acuerdo a la hora de repartir culpas. Resulta trágica, más que cómica, esa típica valoración plural donde opinan diez agentes, todos euskaldunes, de los cuales cinco militan en partidos abertzales, cuatro en organizaciones euskaltzales y el último es distinto porque aun siendo abertzale y euskaltzale no tiene carné. Vamos, un reflejo exacto de la sociedad. ¿Han apoyado alguna noche a su equipo en el gallinero del Bernabeu? Pues eso: cuántos somos y cómo se nos oye. Los tenemos acojonados.