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Cuatro kilos, un piquito

Anteayer un mendigo pedía limosna mostrando este cartel: "Con cuatro hijos carezco de recursos financieros". Ya tengo dicho aquí que el lenguaje de las páginas salmón, bisturí de hielo, ha inundado cerebros y bocas. Al parecer ser pobre de solemnidad exige ser solemne: "Carezco de recursos financieros, no alcanzo el ratio de ingresos sostenible, estoy en desaceleración". Por desgracia ese contagio idiomático no es de ida y vuelta. Muchos que están arriba, y hasta en el medio, ni se esfuerzan en comprender la jerga de los de abajo. Tampoco su precaria situación. Los ven, no los entienden. Y no es siempre por mala voluntad.

Así se explica que, en el culebrón del embozado Cervera, oigamos y leamos que 25.000 euros son una miseria por la que sólo un político inexperto acudiría a una cita a ciegas. Ignoro en qué galaxia vivimos para juzgar esa cantidad una triste carnada, pues en infinitos casos es el salario mensual de treinta personas o el dinero con el que familias enteras viven durante tres años. Y no en Bangladesh, no: en Falces, Lasarte y Fuenlabrada. Linda Evangelista sentenció que ella por menos de 10.000 dólares no se levantaba de la cama. Está visto que por esa minucia un parlamentario sensato ni echaría el meo mañanero.

Desdeñar el valor de tanta pasta sólo puede ser fruto de una general falta de empatía, ignorancia de la realidad o, peor, la asunción ciudadana de que la corrupción o es gigante o es mera picaresca. ¿Cuántos ceros, pues, son necesarios para que un diputado se pringue sin que se le considere un raterillo? ¿Qué cifras se mueven en esa estratosfera, política y mediática, para que cuarenta sueldos mínimos se desprecien como si fueran una nadería? "Los dos bajaban por la calle cubiertos de sangre, nadie les prestaba atención, así era la ciudad", escribió ese grandísimo poeta, Karmelo C.Iribarren, hace años. Son miles, sí, millones los que ya están abajo, y a recordarlo le llaman demagogia.