Me lo dijo un alcalde de Pamplona -titulado superior- en los albores de la Transición: "Si vuelvo a presentarme, tendré que dedicarme a la política de por vida". Así fue. Años más tarde, lamentó que los partidos políticos se hubieran convertido en "oficinas de colocación". Percepción social dominante: los políticos son un problema. Diáfana. Reiterada. Alarmante. El diagnóstico se refiere a los políticos profesionales, con sueldo, dietas, beneficios fiscales, pluriempleo, ayudas para el transporte y la residencia, y arbitrario disfrute ilimitado de pack tecnológico. Y a otros menos dotados de ventajas, pero con la vida financiada por su dedicación exclusiva a la política. La política es un buen trabajo: confortable, agasajado y bien retribuido. Más cerca de las élites económicas que de la media de la población empleada. De lo contrario no habría esta obsesión por sumar antigüedad, evidente en los cargos institucionales de representación, en los puestos de designación directa y en las estructuras de los partidos políticos. Ni la pugna fratricida por figurar en las listas. Ni la grave complicación de buscar acomodo a los descolocados. La política como profesión es nociva para la democracia. El ingreso en política tendría que tener algunas exigencias intelectuales y de solvencia profesional. Es más fácil encontrar un puesto de trabajo en una lista de afiliados que en las oficinas del INEM. La estancia en política profesional, duración limitada. Para evitar estrategias y relaciones viciadas. El comportamiento de los políticos se ha ganado a pulso la estrepitosa desafección ciudadana y un genérico desprestigio de clase o casta. Vivimos en un estado de dictadura camuflada (la forma de gobernar de este PP con mayoría absoluta: impasible en su norma de incumplimiento de los compromisos del contrato electoral, mentiroso compulsivo en las expectativas y cínico en algunas justificaciones) al que llamamos democracia por el sufragio universal y el esporádico y liviano funcionamiento de mecanismos de control. El régimen de Franco era definido como democracia orgánica. La democracia representativa corre el riesgo de parecérsele bastante en casos de mayoría absoluta. La política profesional tiene también salidas privilegiadas, como las de González, Aznar, Elena Salgado y un larguísimo etcétera nacional y autonómico. Y las de Miguel Sanz, presidente de Audenasa y -reciente nombramiento- de la Bodega de Sarría, impúdica decisión de Enrique Goñi, director general de Criteria, sociedad de La Caixa que gestiona la cartera de empresas con participación de la entidad. Devolución de favores: Goñi, que será vicepresidente de la Bodega, coloca a Sanz, quien lo colocó al frente de Caja Navarra. Beber, beber, la política es un gran placer.
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