Pobres muertos pobres
Vaya, vaya, los chanchullos recientes. Las fechas coinciden. De día se manifestaban contra la ruptura del país y la familia, y de noche se dedicaban a engordar su nación privada. Por la mañana agitaban la bandera de España y el Vaticano, y por la tarde izaban la bandera pirata y de Liechtenstein. No eran todos, claro, no seamos demagogos. Pero sí han sido unos cuantos, y demasiado importantes, los que durante años han clamado contra la pérdida de valores espirituales al tiempo que acumulaban los materiales, que valen más y mejor.
Hace falta una regeneración moral, decían. Urge volver a la austeridad de nuestros mayores, exigían. Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, protestaban. Por supuesto la primera persona del plural a ellos no les incumbía, pues sus posibilidades jamás han visto techo y ellos sí pueden soñar con un horizonte de lujo. Ni dudaban a la hora de considerar que esa frugalidad, esa contención, esa manera cartuja de ir por el mundo no era en verdad la que les correspondía, ya que por mandato divino o de clase ellos heredan el derecho al despilfarro. Y en cuanto a la rehabilitación ética de la sociedad, al parecer no afectaba a sus sociedades mercantiles.
Si Franco levantara la cabeza..., se lamentan unos. Si la levantara Fraga..., otros. Y aquí uno, en cambio, piensa en la cara de los concejales populares asesinados si resucitaran, esos a los que en los mítines madrileños se tomaba como modelos, esos a los que se instaba a seguir resistiendo en la calle mientras la lluvia de millones mojaba los áticos. Cuando sea políticamente correcto hacerlo, o sea nunca, habrá que preguntar si ciertas plañideras cobraron dietas por asistir a funerales, si se repartieron botines al término de los homenajes, si se cenó caviar mientras viudas y huérfanos tragaban lágrimas. Quizás sólo sean unos cuantos, sí, pero demasiado importantes. Todo por la patria, no. Nada sin la pasta. Y a los muertos, palada doble.