PARA intentar justificar 38 millones de euros de sus cuentas sucias, digo suizas, el Bárcenas aporta documentación justificativa de haberle vendido al Naseiro unos cuadros más baratos que los de Salaverri: 1.500 euros por cuatro bodegones de inmejorable época, dignos de colgar en el Museo del Prado, que es donde ahora cuelgan.

Entre ellos destaca un besugo de ojo funeral, impávido, maragato. De 1.500 euros a 38 millones de euros hay un trecho, pero por algo se empieza antes de que unos y otros caigamos en el aburrimiento soberano de la noticia hecha guiñapo. Y eso que se dice que el juez que se encarga de ese sumario espeso, enrevesado y largo como un Amazonas procesal, considera que los 38 millones no son sino la punta de un iceberg de dinero negro y fraude. Así será.

Por de pronto, el Bárcenas demanda a su antiguo patrón, el PP, por despido improcedente, pero digno él, sportman, solidario con los desposeídos, se cuelga la medalla de no apuntarse al paro y a las ayudas sociales, a las que, por lo que vemos, Urdangarin está condenado. El Bárcenas reclama despido improcedente y denuncia a sus patrones por robo o hurto o lo que resulte, porque le han guindado sus ordenadores personales y sus libretas o parte de estas, algo más prodigioso que el tesoro del Nuestra Señora de Atocha, hundido en los cayos de Florida en 1622. Eso, al margen de descerrajarle la puerta de su despacho en la empresa en la que trabajaba hasta hace cuatro semanas, el PP, lo que indica que tenía dentro de la organización una isleta intocable, un reducto de impunidad sagrada. La Policía se ha presentado a registrar el lugar del delito denunciado y su registro ha sido paralizado por un jefe policial por órdenes de la superioridad.

Y por si el esperpento careciera de numeritos de refresco, entre tanto el PP no acaba de pensarse sus querellas y demandas, aquellas rotundas, fulminantes, de la Cospedal de hace unas semanas, tan aterradoras que han dado en bufas, después de que ella misma hiciera confesión pública de haber cometido un fraude de simulación de contratos en el ámbito de las relaciones laborales. Y no pasa nada. Nada. No saben cómo demandarse, si unos a otros, otros a los mismos, los mismos al que ya les ha demandado... ¿Y hablan de respeto a las instituciones?

Esto es peor que una carnavalada solanesca. Todo aquí suena a esperpento de feria, a burla entre instituciones, a trampa, a chulería; pero más a insulto de las instituciones a una ciudadanía que aguanta lo que le echen por mucho que los atropellos de sus gobernantes contribuyan a mostrar las entretelas de este Gobierno del desgobierno, del fracaso y de la mentira. ¿Por qué no está el Bárcenas en la cárcel y Rajoy y los suyos fuera del Gobierno de la Nación? Todo lo demás es hacer de figurantes y felicitarse porque te dejen salir a escena pegando unas voces disfrazado de descamisado, antes de que te saquen del escenario a porrazos y patadas.

Y hablando del mar o de la mar, qué bello tema para hablar, ese espacio amplio, amplio por el que en este país corren las liebres, mientras que por sus montes las sardinas, hablando del mar, decía, el general Chicharro, que aparece en escena uniformado y cubierto de quincallería, pero desde su cómodo retiro pagado con dinero público, ha lanzado amenazas que cuando han hecho el ruido que debían, han acabado no en arenga cuartelera, sino en hipótesis, un nuevo concetu a añadir a la jerga de esta casta. "Es más importante la patria que la democracia", dijo el general refiriéndose al papel (para él deseable) que debería jugar el Ejército con respecto a la soberanía de Catalunya. Y también dijo que "La patria es anterior y más importante que la democracia. El patriotismo es un sentimiento y la Constitución no es más que una ley"... ¿Una ley, solo una ley, cosa de broma por tanto? ¿Y a esta gente hay que respetar? Para mí, quien sostiene eso es alguien que puede hacerme daño, solo eso, por gusto, por capricho, por patriotismo del suyo; alguien que sin su uniforme y su quincallería no sería nadie, nada, en una sociedad de verdad civil, no policial ni lacayuna de otros poderes que no fueran los del Congreso. Y hay que aguantarse, ¿no? y seguir en este aguante de nunca acabar. Esa es ideología de bar de oficiales, el famoso cuarto de banderas, del que acabamos hasta los mismísimos, y huele de lejos a Machaquito. No hay derecho, pero esto es lo que hay, mientras Morenés se lo piensa, dicen, ¿el qué? Por cierto, ¿ya hizo Morenés el servicio militar? Me lo pregunto porque las pruebas para milicias universitarias (en el Ruiz de Alda) se las suspendieron.

Y tarareando el por el mar corren las liebres y pensando en un mundo de ranas peludas, leí que "El fiscal, en auxilio del rey, exculpa a la infanta de las andanzas del yernísimo"... ¿En auxilio del rey? Una frase que lo dice todo y resume bien una situación repugnante de sumisión de las instituciones, todas, a poderes que está visto quedan fuera del alcance de las leyes, no solo el de esta monarquía de esperpento, sino el financiero, el policial... "La Fiscalía no ve ningún indicio contra la Casa Real ni la infanta en Nóos", dicen, y nosotros a lo nuestro, a canturrear el por el monte las sardinas y a pensar que entre las medidas de regeneración democrática propuestas por El País, eterno paladín de la democracia nacional, no está el cambio de régimen, es decir, el poder volver a pintar en los muros de Madrid !Ya se fue el andoba!, ni la depuración de cuerpos policiales que contratan como asesores a asesinos convictos, como el Hellín, el ultraderechista de Fuerza Nueva que asesinó a Yolanda González y escapó de la cárcel con la complicidad de sus superiores y secuaces que todavía le protegen... ¡Transición... bonita! Y sigue sin pasar nada, y mientras el país tiene 6 millones de parados y el último de los suicidas relacionado con los desahucios pasa a segundo plano, el proscenio lo ocupa la princesa Corinna, la que aparece mariposeando alrededor del Borbón, que se pone a jugar a Mata-Hari y mueve hasta a unos servicios secretos que jamás se movieron para poner en claro asesinatos de la Transición.

Esperpento, carnavalada, entierro de la sardina, entierro de los besugos, entierro de aquellos que no recibimos más que las raspas, el de los muertos en vida, ya muchos, con el ojo velado de los besugos o las sardinas o los chicharros del Prado, donde cuelgan los malos sueños de Goya, su riña a garrotazos, sus murciélagos, estos.