Barcina telefoneó a Roberto Jiménez. Cuando el secretario general del PSN atendió la llamada, la presidenta escuchó música de fondo. Reconoció las voces de Ana Belén y Víctor Manuel: "Al veneno y al puñal: cierra la muralla; al diente de la serpiente: cierra la muralla". Mal momento, pensó. La conversación fue breve. El tiempo justo para solicitar un encuentro. Cuando Barcina recibió la respuesta oficial por carta (dirigida a la sede de UPN, no a Palacio), también tenía música en su despacho. De Raphael: "A veces llegan cartas con olor a espinas, que no son románticas. Son cartas que te dicen que, al estar tan lejos, todo es diferente. Son cartas que te hablan de que, en la distancia, el amor se muere". Barcina y Jiménez, dos políticos amortizados por deméritos propios. Ella (advenediza ideológica para un amplio sector del regionalismo), por avaricia. Él, por falta de credibilidad. No están para cartel electoral. Barcina incorporó al PSN a su Gobierno por necesidad ineludible. Solo con el consentimiento del PSN podía ser investida presidenta, y el PSN exigió asientos en el Ejecutivo. La coalición, garantía de mayoría parlamentaria. La cohabitación, riesgo de incomodidad porque los socialistas entraron para marcar paquete de izquierdismo. El autoritarismo de Barcina no lo soportó y sacó tarjeta roja a su vicepresidente político. Con nocturnidad y con la errónea hipótesis de que los socialistas moverían banquillo, relevarían a Jiménez y seguirían en el gabinete. Cierto es que algunos altos cargos tuvieron que ser arrancados con soplete. Doble efecto: la radical animadversión del PSN y la división en UPN, que había roto con PP y CDN para asegurarse la gestión del chiringuito foral en connivencia, e incluso alternancia, con el PSN. Una consecuencia grave: la ingobernabilidad. Con dos años de legislatura por delante en esta mala situación económica y de empleo, el panorama es sombrío. Barcina se ha tenido que tragar su orgullo y descolgar el teléfono. Jiménez se ha puesto tiesico: negativa a una interlocución directa con el Gobierno (una comisión de cada partido y en sede parlamentaria), ningún compromiso de apoyo estable ni de relación bilateral preferente, ni pensar en repetir la coalición, y ¡dimisión de Barcina! (abandonar el cargo y su coraza de persona aforada). Jiménez aboga por un proceso de investidura en el Parlamento y un amplio consenso de los grupos en aras de la estabilidad. Es lo que le dejan hacer los mandos federales de su partido. Un proceso de investidura requiere de sede presidencial vacante, de otra candidatura y de acuerdo plural suficiente para apoyarla y sostenerla. Una transición sin retos electorales. Si la presidenta asume sentarse en esas condiciones será porque la reunión tenga dieta.
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