Una de las consecuencias penosas de mi forzada jubilación laboral es no haber podido entrevistar en la radio al filósofo Daniel Innerarity, Premio Príncipe de Viana de la Cultura. Le Nouvel Observateur le designó hace un decenio como uno de los veinticinco pensadores más influyentes del mundo. Sus conversaciones revelaban reposo expresivo, reflexión honda a partir de raíces diversas, fundamentos meditados, orientaciones valiosas. Uno de mis mejores recuerdos en el grueso catálogo de entrevistados. El Premio Príncipe de Viana fue instituido en 1990 para "reconocer a personas e instituciones cuya trayectoria ha sobresalido en el mundo de la cultura y es una referencia en el quehacer creativo en artes plásticas, música, literatura y ciencia". Desde 1993 lo entrega el príncipe Felipe (el mismo que preside maniobras militares en Bardenas, un borrón en cultura medioambiental en un enclave singular); desde 2004, en compañía de la princesa Leticia. El acto se celebra en el Monasterio de San Salvador de Leyre, donde a continuación se rinde homenaje a los Reyes de Navarra (el sucesor de los vencedores ante la tumba de los vencidos). Galardonados no monárquicos, e incluso detractores confesos y activos de la Monarquía, se han prestado de buen grado a recibir el premio de manos de la Corona. El premio les ha compensado de la foto institucional. La foto pudo incluso formar parte de la recompensa. Innerarity (no monárquico) recomienda que "esa institución se republicanice", que encuentre "una nueva justificación que haga aceptable para una gran mayoría de la sociedad algo que de entrada es tan inaceptable: una autoridad que no viene precedida de la razón sino de la pura biología". Consejo amigable para la supervivencia, terapia contra los crecientes síntomas de su obsolescencia. Salvedad hecha de que la Monarquía carece de autoridad constitucional autónoma por su carácter de parlamentaria, lo más grave es esta afirmación del filósofo: "En el actual marco constitucional hay muy pocas preguntas legítimas que se puedan hacer". Se aceptan mandatos europeos (techo de déficit), pero se eluden o manipulan demandas sociales. Estamos atrapados. Innerarity detecta la dicotomía "tecnocracia/populismo", diagnostica que "la economía está desatada y la política es impotente" y recomienda "un equilibrio entre la espontaneidad de las masas y el sistema (de representación) institucional". Se hace difícil creer en la regeneración democrática a partir de la regeneración de instituciones y partidos. Los partidos actuales son un negociado de intereses económicos y de ambiciones personales, hacen uso sectario de las instituciones, arruinan entidades financieras y controlan los máximos órganos judiciales. Sus malos hábitos han hecho metástasis.
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