Como refresco de verano, anécdotas ligeras de una vida entre cuatro micrófonos. Aznar- Del Burgo concertó el encuentro. Sonó el timbre. Al abrir la puerta, me presentó a su líder nacional. Aznar tendió la mano, frío y distante. Acompañó el gesto con una fugaz mirada, casi imperceptibles sus ojos pequeños y hundidos. Altivo y severo en su porte, me siguió hacia el estudio. Nos sentamos frente a frente, con Del Burgo a un lado. Jaime Ignacio rompió el silencio y me sugirió que informara a "don José María" del enfoque de la larga entrevista. Mientras hilvanaba algunas vaguedades para revestir de cortesía mi preservación del cuestionario, observé que Aznar me ignoraba por completo, atento a los teletipos de agencia que le proporcionaba su servicio de prensa. Callé. Ni se percató de mis palabras ni se percató de mi intencionada mudez. Me sentí ignorado hasta que una luz roja alertó de la apertura al aire de los micrófonos. Barcina había cosechado otro triunfo electoral. Eran vísperas sanfermineras y le comenté mi convencimiento de que se regalaría el lanzamiento del Chupinazo, aunque ya hubiera vivido la experiencia años atrás en calidad de cabeza de lista de UPN. Como expresara dudas al respecto, le interrumpí con una expresión muy popular: "Ya me jugaría un almuercico a que tiras el primer cohete". Barcina aceptó el envite, pero un rescoldo de fastidio le quemó durante toda la conversación. Nada más cerrarse los micrófonos, se sinceró: "Me he dado cuenta de que, tire o no el Chupinazo, tengo que almorzar contigo". Prendió la mecha, pero apagó el compromiso. Aquellos Sanfermines, en una entrevista al alimón, mi compañera Elvira Obanos recordó el asunto. Barcina sugirió que yo pusiera la fecha. Propuse dejarlo para San Fermín de Aldapa, en septiembre. Aún me tiene a dieta. Urralburu- Como presidente del Gobierno de Navarra, Gabriel Urralburu era difícil de convocar a un estudio de radio. Al hacérselo notar en uno de los encuentros, expresó un argumento sorprendente y vanidoso: "Las entrevistas a los presidentes y a los principales dirigentes políticos se hacen por la mañana". "Pues tendrás que hablar con Iñaki Gabilondo", le contesté. Juan Carlos I- El rey visitaba a su padre en la Clínica Universitaria de Navarra. Su voz no solía ser registrada ni siquiera en los corrillos con periodistas en fechas señaladas. Había expectación en el gran hall del centro hospitalario. Convine con una mujer que aguardaba su salida para que le preguntara por la salud de su progenitor. Ella cumplió al paso del monarca: "¿Majestad, qué tal está su padre?". "¿¡Eh!? Bien, está bien. Gracias". La grabación de estas palabras me costó el manotazo de un escolta, a pesar de la discreción con que sostuve el micrófono. A Hermida le salió mejor.