El Estado de las Autonomías dejó de hambre a los nacionalismos vasco y catalán, causó dolor de tripas a los más conspicuos franquistas y atendió un inexistente apetito en algunas provincias. Café templado para todos. A la larga, no ha resultado una relaxing cup. El debate sobre el modelo de Estado es recurrente; como pensamiento esencial para unos, como estrategia política para otros. Su implantación me inspiró una serie radiofónica -primeros años 80-, que me trajo a la memoria el postizo paseíllo exhibicionista de Barcina y Urkullu. Consistió en conversaciones de casi una hora con presidentes autonómicos. Toda una experiencia de talantes, actitudes y situaciones. La mera formulación del proyecto evidenció diferencias. País Vasco (época del lehendakari Carlos Garaikoetxea) aceptó "por tratarse de Navarra", como me señaló su jefe de Gabinete. Fue la única entrevista grabada. Me desplacé a Ajuria Enea un día festivo en Navarra que no lo era en Euskadi. Cantabria reveló una llamativa falta de medios en la estructura orgánica de presidencia. No había pegas, había insolvencia. Galicia tenía amurallado a su presidente. Una joven periodista de la Xunta me sugirió el envío de un cuestionario amable como salvoconducto. Eran tiempos de correo postal. Lo necesitaba para superar controles burocráticos hasta llegar al destinatario deseado. Franqueadas las barreras, yo sería libre de preguntar lo que quisiera al doctor Fernández Albor. La entrevista coincidió con la visita institucional del presidente del Parlamento Vasco. A falta de quince minutos para cumplirse el tiempo concertado, la voz ronca de un miembro del gabinete presidencial me conminó en una pausa publicitaria a terminar antes de lo previsto. Amagué con complacer la indicación -hay resistencias inútiles- y ya en directo me explayé en aspectos de la biografía del intelectual Fernández Albor que iban a quedar inéditos para la audiencia. Resultó efectivo. El propio presidente me invitó a consumir la duración convenida. Desfilaron por los micrófonos de la serie los presidentes de Euskadi, Cantabria, Asturias, Galicia, Extremadura, Canarias, Comunidad Valenciana, Aragón y La Rioja (Andalucía se cayó por la crisis interna de Escuredo). El extremeño Rodríguez Ibarra respondió fielmente a su idiosincrasia política, el canario Jerónimo Saavedra describió con crudeza las carencias isleñas, el valenciano Joan Lerma exhibió una cierta altivez y Santiago Marraco cultivó la parquedad de altoaragonés. ¡Ah! La gestión ante la Catalunya de Jordi Puyol no pasó del auxiliar del botones del Gabinete de Prensa de la Generalitat. ¡Qué osadía pretender al honorable! El encuentro Barcina-Urkullu quedó resumido en un titular oficial: "Cordialidad y respeto institucional". ¡Vaya mierda!
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