Tartazo. Botellazo. Hemos celebrado la semana judicial de los aumentativos. El tartazo a la presidenta Barcina y el botellazo al ciudadano Arranz. Por orden cronológico (Chupinazo 2010), primero fue el botellazo. Casual, con serias consecuencias en daños cerebrales. La obsesiva persecución a la ikurriña en el acto inaugural de los Sanfermines ordenó una intervención inoportuna y temeraria de la Policía Municipal. Esa obsesión provoca hartazgo, del que surgen ingeniosos operativos como el de este año. La terquedad, rival de la sensatez. La vivencia de la fiesta es un sentimiento que puede asociarse a otros, como la exhibición de tu bandera. Hay personas con el corazón abanderado y otras con el mástil cardíaco vacío de enseñas. Me cuento entre estas últimas. El acto institucional, que debe respetar unas normas, se desarrolla en el Ayuntamiento. Abajo es fiesta popular libre y espontánea. El binomio acción-represión es una constante en la mañana del 6 de julio en zonas tan abigarradas como las inmediaciones de la Plaza Consistorial. Alto riesgo. Portar la ikurriña no es un delito ni una falta. Lanzar botellas es una barbaridad que no se atenúa por el cabreo. La exhibición de una tela definitoria de identidad colectiva no puede concluir con secuelas físicas o legales. Las físicas en el visitante madrileño ya las conocemos. Las legales por desórdenes públicos y lesiones las sabremos a no mucho tardar. Las políticas, rechazadas; por supuesto. El tartazo fue en Toulouse, en una reunión del plenario de la Comunidad de Trabajo de los Pirineos. Premeditado y personalizado. Unos trajeados opositores al tren de alta velocidad estamparon su disconformidad, mediante tartas de merengue, en la cara de la presidenta de Navarra, Yolanda Barcina, que dio por supuesta la fábrica francesa del producto, al que atribuyó especial dureza. Los agresores fueron a topar con una gourmet del merengue, experta en texturas. Barcina, en un primer momento "desorientada y aturdida", fue atendida, aseó cara y pelo y recompuso su vestuario antes de reincorporarse a la sesión. Se sintió agredida y clama justicia. El sainete puede transformarse en drama ante las peticiones de penas del Ministerio Fiscal y de la acusación particular. El escenario -Audiencia Nacional- y los castigos pretendidos pueden parecer desproporcionados, pero ciertos cargos públicos gozan de privilegios como víctimas y como delincuentes. Respeto a la autoridad hasta cuando pueda resultar dudosamente respetable. Ay si tuvieran que responder con su patrimonio y el de sus partidos políticos del déficit público y de otras consecuencias económicas y sociales generadas con su gestión. En las protestas no basta con ser dulces; hay que ser educados. No violentos. Tampoco merengues.