al rey Melchor debió de atraerle el grito de ¡¡¡Josemari!!! Al escucharlo, volvió la cabeza hacia la fuente del sonido. Se acercó a mi padre y me regaló una carantoña. La habilidad de mi progenitor para recabar la atención del elegante y severo monarca oriental, en medio de una ruidosa avalancha infantil, me dejó perplejo. Aquellos años cincuenta del siglo pasado, la Cabalgata de Reyes Magos de Pamplona concluía su recorrido en el Frontón Labrit. Aforo a reventar. Las bandas de música Militar y La Pamplonesa se colocaban en los cuadros traseros de la cancha. Entre el 4 y el 7, apoyado en pared izquierda, el escenario con los tronos para Sus Majestades. Melchor, Gaspar y Baltasar accedían al recinto desde la pequeña puerta de vestuarios, en una esquina del rebote. Luces apagadas. Un reflector iluminaba la puerta y la entrada. El griterío de la chiquillería hacía inaudible el solemne y vibrante Himno de España (¡¡¡Chunda, chunda!!!) interpretado al unísono por las agrupaciones musicales. La emoción trocaba en escalofrío vertebral cuando el chivato -temido y benévolo personaje de la comitiva real- desvelaba y amonestaba, con nombres propios, numerosos comportamientos desobedientes. Como alguno coincidiera con el tuyo, te sentías señalado y entonces dabas crédito a la reiterada advertencia materna de que "los Reyes lo ven todo durante todo el año". Tus padres trataban de consolar tu abatimiento, pero seguían horas de incertidumbre. Hasta la mañana siguiente. El castigo, siempre condonado, consistía en carbón, producto oscuro, manchoso y polvoriento que conocíamos porque calentaba las cocinas económicas de los hogares. Al final de las formalidades protocolarias, incluido baile del cortejo de Baltasar, atropellada invasión de cancha. Recuerdo aquella vivencia y también las provocadas años después en calidad de cooperador necesario en el reparto de juguetes: la mirada asombrada cuando, a las puertas de la Casa de Misericordia, Baltasar sacó de su zurrón la carta autógrafa del pequeño remitente; la alteración emocional al volver a casa y descubrir unos paquetes colgados de las ventanas o sus perfiles dibujados al contraluz a través de un cristal traslúcido. Hasta creyeron ver una escalera a hombros de un paje que pasaba por la acera una vez disuelta la cabalgata. Estaba claro: él acababa de hacer la entrega. Prueba irrefutable ahuyentadora de preguntas. Experiencias maravillosas que he vivido con hijos biológicos y con ajenos sentidos como propios. Sela (6 años) apenas llevaba un mes entre nosotros. Asistimos a la llegada de los Reyes por el puente de La Magdalena y corrimos al estrecho entronque de Navarrería con Mercaderes. Nada más asomar Baltasar sobre el dromedario, sentenció: "es pintado". Certera mirada etíope.