"Nada nuevo": displicente, tópica y obscena reacción gubernamental y de los partidos hegemónicos en el Estado español ante cualquier pronunciamiento de ETA, sus presos y organizaciones de apoyo o cualquier agente de la izquierda abertzale. "Nada nuevo". Mentira consciente. Hace años que los comunicados del Movimiento de Liberación Nacional Vasco (MLNV) aportan novedades. De diferente calibre. Unas, cumplidas; otras, violentadas. Las más recientes, verificadas por la realidad. La foto coral de los expresos de ETA en Durango -la frustración y el sufrimiento causado y padecido dejan huella en los rostros y en las miradas- irritó tanto o más que la obligada aplicación de la sentencia del Tribunal de Derechos Humanos derogatoria de la doctrina Parot. A una persona con la condena cumplida no se le puede exigir ni reconocimiento del daño causado ni arrepentimiento ni petición de perdón. Ha pagado lo que la legislación determinaba, el tribunal le impuso y la política penitenciaria ha dispuesto. Esas exigencias quizá puedan ser moneda de cambio para concesiones de beneficios individualizados, pero ¿estamos seguros de que todos los arbitrarios indultos gubernativos han contemplado esas tres premisas? ¿Es común que los delincuentes con pena extinguida, incluso los más nocivos para la sociedad por lo execrable de su actividad, hagan ese ejercicio público? Como actitud colectiva tiene menos valor que una confesión general en el sacramento cristiano de la penitencia. Puro espectáculo. El daño causado -físico y material- es una obviedad que lleva implícito su reconocimiento si el auto judicial está bien documentado en los hechos probados. El moral es indiscutible, imperecedero y no evaluable. El arrepentimiento ha de ser sincero y espontáneo, no estratégico. La petición de perdón ha de expresarse en la distancia corta ante los damnificados. Estos pasados días navideños, el Rey y los reyes de taifas o presidentes autonómicos han hecho balance anual. Un denominador común: la falta de reconocimiento del daño causado con sus comportamientos institucionales y sus gestiones políticas y administrativas. Ni indicios de arrepentimiento ni peticiones de perdón. Ni siquiera de honesta autocrítica. Hasta el presidente del Gobierno vino a decirnos, en tribuna parlamentaria, que nos hacía un favor con el contumaz incumplimiento de su programa electoral, auténtico contrato entre el candidato y su votante. Observemos otros casos. ¿Acaso la derecha española fue diligente en la condena del golpe de Estado franquista y subsiguiente dictadura, con miles de fusilados sin juicio e impunidad de los autores? ¿Cuántos decenios y hasta siglos ha tardado la Iglesia Católica en pedir perdón por las culpas del pasado remoto, pretérito y cercano? Pues eso.
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