La bola de cristal era diáfana. Se veía el futuro sin necesidad de dotes adivinatorias: el PSOE no iba a permitir lo que el PSN decía querer. Como en 2007. Roberto Jiménez, secretario general de la franquicia foral, utilizó la jactancia sin terminar la frase: "El PSOE en Navarra soy yo"? para obedecer. El autor de la disyuntiva "o se va o la echamos" ha tenido que tragarse su baladronada. La Comisión Ejecutiva Federal ha decidido quemar las naves navarras y ha permitido que Jiménez haya quedado como un pelele de carnaval en su pulso con Barcina. Una humillación consentida, quizá buscada, que se podía haber atajado desde un convencimiento: las irregularidades no alcanzarían la mayúscula de la corrupción. El PSN, cómplice del devenir político y económico de Navarra por su afinidad con UPN -incluido el desastre de Caja Navarra y la tropelía inmoral de la acumulación de dietas- volverá a echarse en manos de la derecha regionalista si quiere tener alguna presencia institucional. Salvo que decida no alinearse durante la travesía del desierto de una catarsis. El PSN-PSOE ha representado en Navarra la corrupción y la colaboración con los conservadores. Es su biografía. Por su parte, GeBai e I-E se merecen este plantón por tanto mirar al morro a los socialistas en su papel determinante en el cambio, sin escarmiento a pesar de las burlas reiteradas. Condescendencia vergonzosa. De pardillos. Bildu es clave en todas las hojas de ruta. Para el nacionalismo vasco moderado, que le necesita; para el socialismo, que lo quisiera amaestrado; y para UPN, que lo teme y lo usa según conviene. Barcina está amortizada como candidata. Allá UPN si no quiere entenderlo. La altanería, la avaricia y la mentira fatigan a la sociedad. Su soberbia, afán de lucro y capacidad de manipulación están acreditados. Formó Gobierno con votos prestados y fulminó al prestamista. A partir de ahí le faltó grandeza para someterse a la confianza del Parlamento. Democracia.
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