Expresión de resentimiento. Hipérbole descabellada. Disparate. Declaraciones de la vicepresidenta del Gobierno, consejera de Economía y Hacienda: "Siento como si me hubieran rapado la cabeza y obligado a pasear desnuda como escarnio". La comparecencia ante una comisión de investigación del Parlamento, comparada con prácticas de los campos de concentración nazis y de las cárceles franquistas. Comparación odiosa. Una degradación del sufrimiento padecido y la humillación vivida por quienes realmente sintieron lo descrito por Lourdes Goicoechea. Le vendría bien una sesión continua de documentales y películas sobre el tema. La situación no admite parangón. Consistió en sentarse para dar explicaciones y rebatir acusaciones. Ni genocidio ni juicio sumario. La irá le salió de los labios a borbotones de rencor. La peregrinación católica a Javier no se la extinguió. La foto publicitada debió ser la única consecuencia de la visita al Castillo. La consejera Goicoechea acumula torpezas: queja porque la actividad parlamentaria (comparecencias, peticiones de información, plenos) "nos resta mucho tiempo para hacer nuestro trabajo"; acusación provocadora de que Idoya Nieves "dimitió cuando supo que iba a ser cesada"; contumacia ("actuaría igual" si pudiera regresar al pasado) en entremeterse en la dinámica profesional de la Agencia Tributaria; petulancia (no se equivocó en nada). El ejercicio de la política está lleno de vilezas; una de ellas, la actitud de superioridad moral. Gestión impoluta y transparencia han de ser valores consustanciales al mismo. Una consejera no debe interesarse (ni "por humanidad") por la actuación de Hacienda con una empresa que fuera cliente de su asesoría fiscal. Ni disentir de actividad inspectora reglada. Ni mediar en socorro de particulares ante entidades bancarias. Crea sospechas de favoritismos. Más en una comunidad pequeña donde el clientelismo tiene arraigo natural y la corrupción un grueso expediente.
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