Los resultados electorales no son extrapolables. Los entusiasmos, tampoco. Los temores, sí. La ciudadanía escogió unas urnas lejanas -las europeas- para expresar con meridiana claridad su hartazgo del viciado sistema político e institucional vigente, tan dañino para el vigor democrático. La rotunda abstención, la consolidación de EH Bildu, la irrupción de Podemos y, sobre todo, el desgarro de votos del PP (papeleta recomendada por Barcina) y el hundimiento del PSN-PSOE resumen la jornada navarra. Consecuencias más relevantes: renuncia de Roberto Jiménez a un futuro como Secretario General y candidato electoral socialista, y tembleque de UPN y Barcina ante las perspectivas de los comicios forales. La pirotecnia de celebración de Bildu, excesiva sobre sus resultados de 2011 -y Aralar estaba aún en NaBai-, aunque se consagra como agente principal del cambio. Otra cosa será que su hegemonía encuentre socios. I-E y UPyD sacan beneficios colaterales de descalabros ajenos que maquillan su capacidad real de captación de votos. Podemos irrumpe con fuerza y, si acertara con programa y candidatos, podría absorber voto socialista, neutralizar a IU y rescatar el espíritu fundacional de NaBai. La modesta alegría del PNV en Navarra ha hecho un flaco favor a Geroa Bai al estimar Manu Ayerdi que el voto de esta coalición no concurrente (se supone que su segmento más progresista) ha ido en parte al partido de Pablo Iglesias. Quizá sin retorno. Populares y Socialistas van a necesitar de acuerdos en el nuevo Parlamento Europeo. Cuestión de supervivencia y de reparto de la tarta. La fórmula alemana de la gran coalición se cierne también sobre España. Ya encontrarán argumentos políticos para justificarla: renacimiento de la extrema izquierda, peligro del populismo, amenaza secesionista, remate de la recuperación económica, reforma constitucional. Y también sobre Navarra. Aquí se pueden quedar cortos. Un estorbo ha desaparecido. Persiste el otro.
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