Aforados
De no mediar algún cataclismo o suceso sobrenatural, el primer varón de la familia Borbón-Grecia se convertirá este jueves en Felipe VI de España. Constituyen sus méritos para ello un revolcón con puntería de sus progenitores, ahí, a finales de los 60. No será ungido ante Dios, pero será nombrado capitán general y proclamado rey, en ese mismo y simbólico orden. Jurará la Constitución vestido de uniforme de gala del ejército de tierra. Desde ese momento, el todavía príncipe se convertirá en una persona intocable, a la que no afectará ninguna ley humana y casi tampoco divina. Nada más se apague el eco del último de los entusiastas aplausos comenzará la carrera para aforar a su augusto padre por el procedimiento de urgencia. Si todo va según los planes, el asunto se ventilará en cuestión de días. Algunos preferirían que fuesen horas, pero hay pasos que ni por tan noble causa pueden saltarse. Imagino cierta angustia en la corta espera hasta que sus diligentes señorías vuelvan a construir para Juan Carlos de Borbón un pararrayos legal a medida, porque habrá un escaso lapso de tiempo en el que el abdicado será una persona normal, un ser casi tan vulnerable como cualquiera de los que habitan este reino de las maravillas. Si no fuese por mi natural bien pensado percibiría cierto olor a chamusquina en esa prisa para que la inmunidad vuelva a su majestad. ¿Hay miedo de algo? Una que ya sabe lo que es hacer uso de su aforamiento también debe de estar inquieta estos días. Por obra y gracia de la Audiencia Nacional el caso Can vuelve a Pamplona, justo cuando parecía que Barcina tomaba aire. Quizás volvamos a tener otoño judicial cuando las únicas noticias que UPN quería ver en los periódicos eran sobre la presunta recuperación económica. Afortunadamente para la presidenta, seguirá contando con blindaje judicial, mientras lo siga siendo.