No he conocido un país con un abismo tan bestial entre el discurso público y la esfera privada. Nunca. Y no me refiero a Grecia sino a España. Como ya se ha contado y denunciado, en el nuevo gobierno heleno no hay ninguna mujer, como creo que tampoco homosexual, judío, musulmán de Tracia, miembro de la extensa comunidad pakistaní ni negro. Tal vez haya alguno, pero no tengo a mano Google para comprobarlo. Tampoco en el gobierno español hay, que yo sepa, ninguna lesbiana, gitano, bereber de Melilla, miembro de la extensa comunidad rumana ni mulato. ¿Algún ministro habla catalán? ¿Y euskara?
Se ha criticado con dureza esta ausencia femenina en el poder griego. También con un toque de superioridad y afán civilizador. Y se ha criticado en periódicos cuya dirección es un florido bosque de nabos. Y en programas televisivos donde casi todos, presentadores e invitados, son meros maromos. Y en debates radiofónicos en los que la mayoría de locutores y contertulios es masculina. Y en ámbitos universitarios en los que desde el rectorado hasta la conserjería quien corta el bacalao es casi siempre un varón. Y en partidos políticos donde, cuota aquí, cuota allá, maquíllate, maquíllate, las caras visibles suelen llevar barba o pelusilla de tres días. Al menos en un punto sí se da una exacta coherencia entre lo público y lo privado, pues ningún caballero indignado, sea del gremio que sea, ni ha pensado ni ha aireado lo que sigue: “De modo que quien aquí sobra soy yo y mis circunstancias, vamos, que en este puesto me ha colocado la historia o la prehistoria y no mis méritos. Así que vayan poniendo a una mujer en mi lugar, que eso es lo justo y necesario”. Con dos cojones.