El presidente ha pedido a los ciudadanos, y en especial a los jóvenes, que hablen bien de España porque “es nuestro país y lo llevamos con orgullo”. También por aquí alguien pretende evaluar el conocimiento que los niños tienen del himno, como si la escuela obligara más a sentir que a pensar. Dado que ser alpedreteño y no cairota suele depender de dónde pare una madre, no parece muy científico marcar paquete toponímico. Tampoco se ajusta a la lógica esa obligación de alabar o emocionarse con algo solo porque es propio, y menos cuando viene gratis con la partida de nacimiento y en muchos casos es un regalo envenenado.

En vez de aduladores, a España le convienen críticos severos. De igual forma que El Salvador tiene su Horacio Castellanos, Colombia su Fernando Vallejo, Cuba su Juan Abreu y cada Bar Luciano su Chicote particular, España necesita más voces airadas y menos pasteleo baratujo. Ámame si quieres, pero no digas que mis canas son las de George Clooney. O peor: no propagues que lo mío no son canas sino mutaciones en el equilibrio cromático de las patillas.

Ignoro por qué un ciudadano ha de hablar bien de un país que va mal, por qué un joven ha de admirar una tierra que lo expulsa. Precisamente no entiendo por qué tantos emigrados confunden su humana nostalgia con un patriotismo de hojalata. Esa paella proustiana de Londres evoca muy gratos momentos, pero no por españoles sino por domingueros y familiares. Salvador Dalí ideó vender en ediciones de lujo las bolitas de su ombligo, y en esas estamos. Y no se hagan demasiadas ilusiones los levantiscos. Basta recordar que a las latas de Piero Manzoni no les faltaron compradores.