Un amigo -todos tenemos a ese que nos sustituye en las escenas de riesgo- conoció a una chica en un bareto, se fueron a la cama y ella le exigió rumba dialéctica en un mar de sibilantes: “¡Dime cosas sucias!”. Imaginen su cara, o sea la de él, y su voz impostada cuando intentó bajo presión extraer de la memoria pornográfica algún cochinismo. Le pudo el peso de la historia y se vino abajo. En su visita al Ebro, Pedro Sánchez ha soltado esta pregunta incendiaria: “¿Qué coño tiene que pasar para que Rajoy salga de la Moncloa?”. Y el fuego no se ha extendido por la ausencia presidencial, sino por ese coño tramposete. Pues lejos de las entrañas de la indignación, llegaba como a rastras y sin muchas ganas del responsable de marketing. El líder guapo desfila muy sumiso a las órdenes de su Risto particular. ¡Tú di coño! Vale, ahí va: coño. Y no veas lo ciudadano común y cabreado que parezco.

Luego ha explicado que el exabrupto fue hijo de la ira. Ángel Gabilondo, quien por algo ha sido ministro de Educación, ha calificado el término de innecesario y considerado errónea su utilización. Sin duda al debate ideológico le sobran tales coños colaterales y en especial tantos cojones, pero le sobran más estos escándalos nimios y alarmas arbitrarias. Pues sin abandonar la retórica lo grave no es un copón o un mecagoentó a tiempo, sino el uso de eufemismos vaselinosos para disfrazar cabronadas. Bastante peor que ese coño nada natural del socialista, palabrota Diet con la fuerza de un cáspita, es llamar “devaluación competitiva del salario” a pagar una mierda o “efectos previstos en la normativa” a que el banco se quede con tu casa. Jopelines, qué putada.