lo hizo un periodista sueco hace un año en Malmo, lo ha hecho un periodista francés en París y, lloremos un poco, lo propuso un servidor hace una década con nulo éxito. El caso es que los reporteros se han puesto la kipá, vamos, se han vestido tímidamente de judíos y se han dedicado a pasear. Y los han insultado, escupido, zarandeado y agredido. En Europa, donde sucedió aquello del Holocausto.

Porque el mundo me ha hecho así, he visitado innumerables sinagogas, escuelas hebreas y museos judíos, y salvo los israelíes, y no siempre, todos tienen guardia en la puerta, alambradas, cámaras o detectores de metales. Incluso centros de culto enormes y céntricos, como el de Turín, cuentan con la vigilancia permanente de tanquetas militares. En el de Atenas un uniformado con pistola pregunta por la razón de la visita. Los escasos creyentes aquí y allá acuden en silencio, de forma anónima, nunca en grupo, y ya dentro se colocan la kipá y rezan. También he visto candelabros destrozados, cementerios profanados y torás quemadas donde la seguridad ya no hace falta. Nadie protege a los muertos ni a las ruinas. Una de mis librerías favoritas superó a la donostiarra Lagun en pintadas y amenazas: Casa de Jacob, en Toledo. Como cabe imaginar, aquello abrió todos los telediarios.

Si yo estuviera muy harto de jeremiadas davídicas al menos me preocuparía el hecho de que hoy los más fieles, con perdón, imitadores de los nazis no solo arremeten contra la judería internacional. Lo que más les duele y odian es este occidente amante del bikini, los viajes, los libros, el baile agarrado y el chupito de licor. O sea gente libre y pecadora como usted y como yo.