Un presidente ha subrayado a ritmo de rap que no le importan las ideologías, que lo suyo son las ideas. Y estas se resumen, o se reúnen, en un mero mapa: “Mi única doctrina, Extremadura”. Ya saben aquello de Chesterton, que cuando el hombre deja de creer en Dios enseguida cree en cualquier cosa. Por fortuna contamos con un cerebro para pensar cuando el espíritu no reza. La moda actual va más allá o más acá, pues se desprecia toda brújula ideológica para adorar la geografía. Abandonados el cielo y la razón, lo que se lleva es el cieno y el pilón. ¿Y usted qué opina de los desahucios, el aborto, las conexiones ferroviarias, el sistema educativo, las leyes migratorias, la ayuda a los bancos, el IVA y la OTAN? Yo, agoizko.

Brillan mucho el onanismo, la xenofobia y el escapismo en ese mensaje terruñero. Pues si tu única doctrina es un topónimo me da que te lames bastante el ombligo, consideras a los foráneos incapaces de comprenderte y tratas de convertir la discrepancia política en un problema de lindes. Es como si en lugar de defender un programa electoral acudieras a Eurovisión. Al parecer ya no hay izquierda, derecha, arriba y abajo: aquí solo hay Grand Prix. Y los paisanos han de votarte no por el partido que representas sino por tu partida de nacimiento.

De modo que sobra vender un proyecto económico, urbanístico o cultural. No nos pasemos de listos. Basta con pasear el carné de identidad y airear el árbol genealógico. Llegará un momento, si no ha llegado ya, en el que al ser preguntado por su capacidad gestora y gubernativa el candidato muestre con orgullo esta hoja de servicios: yo, de aquí de toda la vida. Para qué quieres más.