Es lo que siento cuando partidos políticos con larga trayectoria en las responsabilidades de gobierno y sus imprescindibles cómplices asociados pronuncian la palabra cambio, un mantra recurrente para invocar el apoyo social en las urnas. Repugnancia por uso indecente del concepto. Inmoral. Asqueroso. UPN, para reducirlo a una reforma estética o para denostarlo como experimento extravagante. Lo suyo no es cambio sino recauchutado. La primera mano para reparar el desgaste de UPN tendría que ser de profunda y catártica autocrítica -con balance preciso de excesos de gasto que han provocado carencias en servicios, de nepotismo y clientelismo, y de arrogancias políticas causantes de soledades parlamentarias-, pulida por un reconocimiento práctico y respetuoso de la pluralidad étnica de Navarra. Ha faltado mirada crítica de Barcina hacia Sanz y de Esparza hacia Barcina. La transparencia con el pasado genera confianza futura, si el propósito es de enmienda y no de remiendo. El cambio escrito en las tablas electorales del PSN es ya una cuestión religiosa, de fe. Ciega e inquebrantable. La razón nos lleva a negarlo porque reiterados comportamientos lo han convertido en el judas de la política foral. Desconfía la sociedad y recelan los posibles socios. Así que UPN y PSN tendrían que vetarse en sus discursos ese vocablo y otros conexos. Es evidente que la tendencia al cambio reflejada por las consultas demoscópicas les tiene aterrados. Luego quizá no sea para tanto, o sí, pero sienten el pánico en el cuerpo, sobre todo en esas partes tan sensibles que son la cartera y el dedo benefactor. Su esperanza última para evitar una alternativa estriba en que las dificultades de acuerdo impidan lo que la aritmética haga posible y el proceso desemboque en una segunda vuelta. Para el cambio en España, el nacionalismo va a ser prescindible. En Navarra, imprescindible. El cambio en conductas y políticas es lo importante. Lo urgente: el relevo.
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