Tras abusar de expresiones como holocausto y gulag vascos, muchos políticos se han venido arriba y pretenden que también las instituciones utilicen palabrotas como genocidio, crímenes contra la humanidad y limpieza nacional o étnica para referirse a los delitos de ETA. Al parecer el término asesinato es poca cosa y el vocablo terrorismo insuficiente. O quizás amenazar, extorsionar, secuestrar y ametrallar sean verbos que necesiten permanente neón y brillantina.

En su afán por ennegrecer la negrura y añadir horror silábico a un horror completo, esos cargos públicos no solo pierden el tiempo y la razón. También desdibujan la especificidad de ciertas monstruosidades y las visten de rebajas. Lo ocurrido aquí ha sido gravísimo, pero por respeto al diccionario, al Derecho, al sentido común, a la historia y a la memoria de millones de víctimas convendría evitar esas voces. Se empieza con su chalaneo y se termina denunciando el apartheid que sufre Casillas y abogando por la solución final de la cuestión osasunista.

Sin duda -¿hay alguna duda?-, ETA ha matado a casi novecientas personas y les ha hecho la vida imposible a varios miles. Hasta sus seguidores aceptan tal evidencia, y se distinguen del resto no por negar los hechos sino por justificarlos. De modo que no se entiende el intento parlamentario de llamar al pan baguette y al vino sauvignon, salvo si uno piensa que la gente es imbécil y el idioma español muy pobre. Pegar tiros en la nuca y poner coches bomba son acciones que se bastan por sí solas para calificar a sus autores. Y nos sobran palabras para definirlos sin recurrir a genocida, etnocida y demás ralea casi prestigiosa.