“Made by slaves” (Hecho por esclavos). Este rótulo o etiqueta debería figurar en múltiples productos de consumo. Algunos dramáticos siniestros han revelado las condiciones de trabajo en talleres textiles asiáticos, cuyas prendas vestimos y con cuya adquisición hacemos multimillonarios a determinados empresarios. El espárrago de Navarra, tan cojonudo, se bate en competencia con producto de digna calidad producido en China, donde se encontró una región cuya tierra y clima lo hacían competitivo. Pero sobre todo lo hacían competitivo -transporte hasta aquí incluido- las condiciones de vida, trabajo y salario de los operarios nativos. En estos casos -los ejemplos pueden multiplicarse en países y manufacturas-, se trata de países ricos, desarrollados, que se aprovechan de los países pobres. Ese modelo de esclavitud contemporánea se aplica ya dentro de las propias naciones del primer mundo, como España. La crisis económica provocada por un capitalismo rampante, asentado en la voracidad de banca e inversores, en la aparente impotencia de los gobiernos regionales europeos, en complicidades de políticos y empresarios, en la extendida corrupción, en la tibieza rentable de sindicatos, ha creado una política de empleo y un marco de relaciones laborales nuevos tras haber desmantelado conquistas sociales de los últimos decenios. Trabajadores que han mantenido el empleo, han visto recortados sus emolumentos e incrementada la presión productiva; la brecha salarial entre hombres y mujeres se ensancha; los nuevos contratos son precarios en periodo de empleo, horario y derechos; las prestaciones discriminan entre desempleados. Las nuevas contrataciones y su incorporación a la Seguridad Social maquillan los todavía altos e indecentes porcentajes de paro -en esa velocidad de crucero de la economía española-, pero la calidad del empleo es paupérrima. Organizaciones sociales y la Comisión Europea enfrían el entusiasmo oficial. Baño de realidad.