cuando surgió Euskal Herritarrok y se apropió de la forma EH alguien pensó entre frustrado y cabreado: “Debería cambiar ese nombre lo antes posible, pues está capitalizando unas siglas que muchísima gente siente como propias. EH significa Euskal Herria, y Euskal Herria es algo que une a gran parte de la población como idea y como concepto. Una agrupación electoral no puede robar eso.” Si el panadero del barrio llevaba una pegatina con esas siglas en el coche pasó, a los ojos del prójimo, de proclamar una vinculación cultural con frecuencia negada a apoyar a un partido político concreto. Más de un paisano rechazó ser señalado y enterró esas dos marcadas letras para siempre. Quizás alguno las recicló con ingenio. EH: Estoy Harto.

Estuvo feo aquel secuestro de un símbolo gráfico hasta entonces compartido por miles de personas, cada cual de su padre y de su madre. Y de igual manera que quien se considera unión del pueblo navarro lleva en su partida de nacimiento la marginación del infiel, que al parecer ni es pueblo ni es navarro, quien se presenta como partido de los vascos deja en un limbo chiquistaní al adversario, ese sujeto de raíces extrañas. Es como si a la hora de elegir delegado de clase el empollón se vendiera así: Yo, estudiante. El resto, se supone, vagos.

La inicial reflexión entrecomillada no es mía sino de Fermín Muguruza, músico sin duda adscrito al barcinato internacional. Así que eso de Navarrísimo es algo tan excluyente, xenófobo y casposo como cutre, cursi y poco novedoso. Nosotros somos los de aquí, los de aquí somos nosotros, y usted lo que buenamente pueda. O sea nosotros los demócratas, en versión casi étnica.