encierro desnaturalizado. El toro es imprevisible. En consecuencia, los encierros lo son. Curioso no sintió la más mínima curiosidad por saber qué había más allá de la primera curva de Santo Domingo. Optó por desertar de la gregaria manada y volver sobre sus pasos. Este morlaco de la ganadería abulense de José Escolar actuó en coherencia y eligió el capítulo de asuntos curiosos para pasar a la historia de los encierros. Sin poner en peligro a nadie, tuvo sus minutos de gloria. El curtido pastor Rastrojo, que sale de corrales tras el grupo de mansos y bravos, entendió que era lo mejor y pidió a los carpinteros que abrieran de nuevo el portón. Curioso quedó recluido en el punto de salida. El operativo para su pronto traslado en camión hasta la Plaza de Toros, con transbordo en el Gas, funcionó con coordinación, diligencia y eficacia. El alcalde, su concejal de Seguridad Ciudadana y los máximos responsables del Área, comparecieron ante la prensa para mostrar orgullo y satisfacción por lo bien que lo habían hecho. Pues, no. Abortaron la participación de uno de los bureles y desnaturalizaron la esencia misma del encierro. Éste empieza cuando todos los toros están en la calle para circular hasta su destino. A partir de ahí, es imprevisible. La gente alojada en el recorrido -los “valientes”, los mirones y los corredores- lo sabe. Y se atiene a las consecuencias de forma voluntaria, más o menos consciente. Puede pasar, y ha pasado, de todo. El comportamiento de Curioso fue curioso, atípico, pero no inédito. Ni fue el primer toro que pasó una mala noche en el baluarte de Rochapea, “con muestras de especial alteración y nerviosismo”, ni hubiera sido el primer morlaco que anda por el encierro yendo, viniendo y corneando. Los mansos de cola están para recoger toros rezagados y Curioso esperaba a su puerta. ¿Riesgo inesperado, pánico sobrevenido, incertidumbre estresante, confusión excitada, peligro exacerbado? Es el encierro de Pamplona.
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