El Privilegio de la Unión y los privilegios de la unión. Con el Privilegio otorgado por el Rey Carlos III, los burgos de Pamplona dejaron de tener sus murallas, sus escudos y sus regidores. La Ciudad de Navarrería, la Población de San Nicolás y el Burgo de San Cernin, con orígenes diferentes y obediencias diversas, pasaron a constituir una única ciudad y templaron sus recelos, rivalidades y conflictos. Los privilegios de la reciente unión -no un mandato real sino un imperativo social- respetan los logotipos o banderas y los regidores o dirigentes de los cuatro contenedores políticos agrupados en el cambio. Y por supuesto, mantienen sus murallas. Esta unión forjó el privilegio de la fuerza para el derrocamiento democrático de la dilatada hegemonía de UPN y sus cómplices de conveniencia en la gestión de lo público. Logrado el objetivo, cada sigla pretende organizar y delimitar su burgo, enarbola su enseña y se atrinchera en sus murallas: el reparto de privilegios deteriora la unión. Mancomunidad de la Comarca de Pamplona (servicios de agua, basura y transporte para la mitad de la población de Navarra), senador autonómico, presidencia de la Cámara de Comptos (2016) y Defensor del Pueblo han estado siempre en la trastienda de los acuerdos para Gobierno, Parlamento y Ayuntamiento de Pamplona. A eso no le ha llegado el cambio. Antes era un juego de compensaciones, ahora una lucha de implantaciones. Ni siquiera se avienen a articular alianzas para aprovechar la división y la debilidad de la derecha foral y española ante las cercanas elecciones generales. Estrategias egoístas dirigidas más contra los filiales que contra los rivales. Aunque para la expansión propia, los filiales sean justamente los rivales. La fuerza centrípeta de la presión popular los condujo al pacto de forma inexorable. La fuerza centrífuga los impulsa hacia sus intereses particulares. En el Privilegio de la Unión, sin misa. En otros asuntos, sin comunión.