Dar la nota sin ser músico. Lo hizo el edil Armando Cuenca -electo por Aranzadi y con categoría de concejal delegado- en el desfile corporativo del Privilegio de la Unión a través de los burgos históricos unificados por Carlos III. Desistió del traje de gala y optó por sacar de paseo a un superhéroe -The amazing (el asombroso) Spider-Man (hombre araña)- impreso en una camiseta. Su sentido arácnido, uno de los superpoderes atribuidos al personaje, no le advirtió del peligro de provocar el enfado del grupo municipal de UPN ni el malestar de algunos ciudadanos. Pasó como el patoso consentido de la fiesta. Su sentido del ridículo no le advirtió de lo impropio de su atuendo en un cortejo de gente disfrazada: comparsa, dantzaris, gaiteros, maceros, clarineros y timbalero, guardias de gala y munícipes en Cuerpo de Ciudad. El alivio del protocolo sólo se lo permiten quienes lo establecen o gestionan. Los plebeyos de la coreografía, a obedecer. Una ausencia voluntaria explicada o silente hubiera sido menos clamorosa. La condición de electo no exime de modos y modales. La elección comporta derechos, la institución conlleva servidumbres y obligaciones. La parte del protocolo no especificada, la escribe el sentido común. El hecho fue una anécdota chusca. Lo relevante y delicado es sentar criterio, si hay agallas: aceptar la costumbre -sin licencias estrambóticas-, modificarla o suprimirla. En un Estado no confesional, ¿qué avala la asistencia del Gobierno a misa en el Castillo de Javier o su ofrenda a Santa María la Real, la recepción institucional a San Miguel in Excelsis o la renovación del Voto de las Cinco Llagas? ¿Cómo se justifica la Marcha a Vísperas (Riau-riau en propósito de recuperación) sin asistir a la función religiosa a la que se marcha, o cumplimentar al Cabildo catedralicio y pasear a San Fermín -gestos dóciles con un patronazgo religioso- sin completar el ritual con la presencia en la misa? A ver quién se hace el héroe.
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