Escarmentada, ya no abandona el burladero de la Delegación del Gobierno. Carmen Alba volvía a su privilegiado asiento de autoridad cuando el sexto toro de la tarde (8-julio-2013) estaba en el ruedo. Una infracción del Reglamento de Espectáculos Taurinos de Navarra, que saldó con 300 euros de multa (210 por pronto pago). Cantinillo, de la ganadería de Dolores Aguirre, había saltado al callejón y sorprendió a la delegada. Carrera y pánico. Desde entonces, ni cuatreños ni cuatripartitos. Alba se ha negado a comparecer ante el Parlamento de Navarra por asuntos relacionados con el Polígono de Tiro de las Bardenas Reales. No tiene obligación de hacerlo. Ni por el incidente de un turista herido de carácter leve fuera del perímetro de seguridad ni porque ahora abrasen la tierra acotada con toneladas de fuego real. Los más ingenuos pensarían que el Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas, el rey Felipe VI, ordenaría en privado al presidente del Gobierno español que su delegada territorial complaciera la demanda de la Cámara foral. Por lealtad institucional. Por cortesía política. Por transparencia cacareada. Pero la amonestación de la presidenta Barkos en la recepción protocolaria en la Zarzuela no conmovió para tanto al Borbón junior. Los intereses de la defensa española y de la Alianza Atlántica están muy por encima de las opiniones políticas y ciudadanas de esta pequeña Comunidad. Es su campo de entrenamiento. Y punto. Además, existe un contrato en vigor con la Junta de Bardenas, aceptado por los Ayuntamientos integrados en la misma. Y cuando ha habido reticencias sólidas a su renovación, ha sobrevolado la amenaza de la expropiación. Navarra ha cumplido con holgura su cuota de contribución con la defensa nacional y europea. Se merece un relevo. Y desde luego, se merece información y explicaciones en la sede de su soberanía popular y por la interlocución más próxima del Estado, que es la Delegación del Gobierno. Alba en modo ocaso.