“Se nos invitó y se nos hizo la crítica” (presidenta Barkos, Leitza, 24-09-2015). El Gobierno de Navarra estuvo representado al más alto nivel en el homenaje al guardia civil Beiro, víctima mortal de una bomba-trampa adosada a una pancarta (2002-atentado sin esclarecer). Su viuda, que no compartía la invitación cursada, sintió como un acto de “cinismo” la asistencia de quien se apoya “en quienes justifican a ETA” para presidir el Gobierno. El incidente fue revelador. No inédito, pero elocuente. Estuvo bien que María José Rama proclamara su indignado malestar y estuvo bien que Uxue Barkos buscase su mirada y le replicara con humildad y firmeza. El respeto es compatible con la franqueza. La onda expansiva de complicidades tiende a confundir y salpicar de forma indiscriminada. La tendencia histórica dominante daba poca voz a los damnificados y revelaba una mera ficción de empatía por parte de las autoridades. Unos lloraban desconsolados y otros se tragaban la tensión. Lo perpetuo y lo efímero. Perdón, reconciliación, convivencia. El perdón sincero y auténtico es un gesto privado entre autor y víctima. Particular y discreto. Sellarlo depende de la grandeza de espíritu de quien lo pide y quien lo acepta. A veces en un intento, sin más, de distanciarse del trauma y del dolor. La exigencia de escenificación de un perdón colectivo se asemeja mucho a un decorado falsario. La reconciliación es una pretensión grandilocuente, casi inalcanzable. Odios, rencores, fobias se enquistan bajo la epidermis durante generaciones. Algunos silencios familiares tratan de evitar la propagación de esa carga genética mediante el eclipse total de páginas del pasado. La coexistencia es inevitable porque solo consiste en existir a la vez. La convivencia respetuosa es el objetivo más asequible: facilita el vivir juntos. El menos rentable en la pugna política; el más saludable en la terapia social. Hay que proponerse metas viables. Para avanzar etapas.