Ninguno. No tengo apego a los símbolos. Ni políticos, ni religiosos, ni deportivos, ni corporativos. Oscurecen la razón y perturban las relaciones humanas. Marcan territorios sentimentales como los accidentes orográficos determinan o condicionan fronteras naturales. Exacerban las filias y radicalizan las fobias. Hasta la caricatura. La mayoría parlamentaria navarra tiene acordada una modificación de la vigente Ley Foral de Símbolos. El cuatripartito que apoya al Gobierno estudia, de momento, un proyecto presentado por Geroa Bai. Según la presidenta Barkos, se trata de hacer posible la presencia de la ikurriña en aquellas instituciones que así lo quieran de forma mayoritaria, sin que les suponga multa o pérdida de subvenciones. Pecar sin penitencia. Tanto Barkos como su partido han advertido que el asunto “no es prioritario ni urgente”. Será como trámite parlamentario, porque algunos ayuntamientos se lo tomaron como tal en sus fiestas patronales y supieron buscar el subterfugio legal correspondiente. O sin él. Los símbolos crean tensiones políticas y sociales. Tampoco hay plena coincidencia entre los asociados para el cambio. ¿Hace falta un retrato del Rey en un salón municipal de plenos o un crucifijo en la toma de posesión de consejeros? Códigos para la armonía: en las sedes de Gobierno y Parlamento, la bandera de Navarra; en las fachadas municipales, la bandera local; en edificios del Estado, las enseñas de Europa, España y de la Comunidad. Mástiles de cortesía cuando se reciba la visita oficial de alguna autoridad de primer rango. Mástiles institucionales y, cerca, mástiles sentimentales para exhibir las banderas que demande un porcentaje de la población empadronada similar al reglado para ocupar escaño foral (3%) o municipal (5%). Como la republicana o cualquiera otra. Ordenadas según la cuantía del apoyo y por periodos revisables. Se cumple con la ley y se atienden los sentimientos. Protocolo de conciliación. De concordia.
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