Se lo dije a un colega tras la matanza de Bruselas: “Ahora nos preguntaremos qué hemos hecho mal y luego instaremos a no demonizar el islam”. Vista y leída la prensa amiga, acerté hasta el orden de los mea culpa, lo cual carece ya de mérito. Y es que el llamado progresismo arrastra décadas enredándose en infinitos peros y retocándose ante el espejo con tal de no mirar a nuestro peor enemigo, que hoy lejos de ser el Vaticano es esa otra fe tan poco dada a la Ilustración.
Sin duda asusta cuando va con daga o bomba, pero a la larga preocupa más el islam político y social, ese que reprime libertades gobierne un país o domine un barrio. La mayoría de los musulmanes no apoya a los matarifes, claro. Pero sí defiende un código de conducta general coercitivo y censor. Y recordar eso, destacar por ejemplo el trato que dispensa a mujeres, ateos y pensadores no es demonizar el islam sino desnudarlo. Y concluir que actúa así porque nosotros fallamos, amén de una estupidez, es puro paletocentrismo. Como si un credo no pudiera mancharse por sí solo. Como si la razón, en fin, por la que el Consejo de Ulemas de Indonesia exige la pena de muerte para los homosexuales fuera Charlie Hebdo.
Cuando un cafre asesina a su novia lo primero que hacemos tras condenar el acto no es preguntarnos qué están haciendo mal las mujeres y cómo lograr que su emancipación no moleste a los machistas. Ante la media luna, en cambio, se lleva el psicoanálisis con flagelo. Así vamos dejando la batalla intelectual en manos de neonazis y cruzados, a quienes les sobra el adjetivo. Si la ultraderecha sale al campo es porque la izquierda ha pedido el cambio. Cómo mola Chauen para un rato.