No hace falta ser muy observador -de hecho basta con estar vivo y respirar- para darse cuenta de que en realidad el cartel que anuncia los sanfermines le importa una mierda a todo el mundo. Salvo a quien gana, familiares y amigos y tres más, el cartel resulta para la inmensa mayoría, como tal, como obra artística, completamente insustancial. Es como la canción ganadora de Eurovisión, que salvo tres o cuatro personas con serias disfunciones psíquicas no la recuerda nadie pasados dos días de celebrado el certamen. Aquí sucede lo mismo. Si el cartel se elige el 18 de abril, para el 20 ya no se acuerda casi nadie, el 25 nadie y si el 30 de abril le preguntas al propio autor igual no es capaz de decirte ni cómo era. Lo imprimen en miles de camisetas y sitios, vale, pero en realidad no lo vemos, se nos mezcla en la cabeza con todos los ganadores y aspirantes anteriores y con miles de imágenes más y aunque lo recordemos fugazmente sus trazos y estructura y su calidad artística o no nos la traen al pairo. Eso sí, que a nadie se le ocurra quitarnos el proceso por el cual se elige, todos estos 10 o 12 días antes de la votación en que año tras año decimos las mismas paridas acerca de los diseños y los dibujos, que si “eso lo he visto miles de veces”, “son horribles los 8”, “mi cría con los rotus te hace eso mientras silba”, “qué puta vergüenza” y “qué cojones será eso” y, la frase estrella, “a mi ninguno me dice nada”, que es la que sueltan las personas ya muy sensibles, a las que los trozos de papel les dicen cosas. Nos quitas esto, este chafardeo inane, y nos conviertes en una ciudad vulgar y corriente, de esas grises de interior que no tienen nada de lo que hablar en todo el año y entonces se inventan las cosas más disparatadas para no tener la sensación de pasar por la vida como oficinistas. Y aún falta quién tira el cohete, jódete Nueva York.
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