Dice una sentencia machista, de esas prohibidas en la tele y populares en el wásap, que al hombre se le gana por el estómago. A los pueblos también se les pretende conquistar en los fogones, y Donald Trump lo ha intentado fotografiándose mientras come tacos mejicanos. Todo vale para el puchero. En verdad lo ha hecho ante un plato sin tocar, con el tenedor limpio y la sonrisa dirigida hacia la cámara. De modo que quizás tras varios clics haya mandado a mamar, wey, al jefe de campaña y a la basura el manjar picante. Por aclarar su intención ha acompañado la imagen con una alabanza hacia los latinos, I love Hispanics!, y un lema publicitario: Los mejores tacos se hacen en Trump Tower Grill. Estamos en América, amigo. Sólo han faltado las cheerleaders.
Hubo una época, una larga época que a saber si ha terminado, en la cual uno identificaba de manera sencilla a quienes odiaban a los nacionalistas locales. “¡Ay, con lo bien que se come en el País Vasco...!”, soltaban con un tono muy de pesadumbre para ser adulatorio, a menudo arrastrando una nostalgia de jugar al tenis con las olas de San Sebastián. Ese piropo gris, payaso de mirada triste, ha sido durante décadas el eco norteño de aquel Machado hecho harakiri: “¡Qué maravilla Sevilla sin sevillanos!”. Era como si cada pinchito de gamba, cada pimientito de Guernica, cada merlucita de Guetaria, así, con topónimo canoso, albergara en su diminutivo el ingrediente que ningunease al cocinero, ese aborigen que no votaba lo que debía. Pronto algún candidato jurará ante una butifarra que ama a los catalanes. Atrévete con una ración de humus y un cerdo agridulce. Y vas y lo tuiteas.