hace quince días The Sunday Times explicaba en su sección de viajes cómo pasar un fin de semana en Biarritz. E informaba al lector de que, pese a ser visitada desde antaño por personas muy famosas, la ciudad se mantiene siempre o permanece -remains- vasca, dado el apego de los lugareños a la familia, la fiesta, el rugby y la pelota. No han cedido, añadía, nada a nadie, y menos a las celebrity. Les ha faltado contar que aún se venden txapelas. Y que se come muy bien.
De tarde en tarde conviene saber cómo nos ven fuera para enfriar nuestras certezas identitarias. No seré yo quien niegue el carácter casero y juerguista de los vecinos del norte, y tampoco sus gustos deportivos. Pero si en eso consiste ser basque me pregunto qué soy yo. Y también me pregunto qué importancia real tiene hoy la lengua, cualquier lengua, para describir a un pueblo, cuestión que cuando se plantea escuece tanto que se prefiere no responder. Lo cierto es que los irlandeses no han dejado de serlo aunque la mayoría se exprese en inglés. Y tampoco los vascos hemos dejado de serlo a ojos de los demás, y ante nuestro propio espejo, aunque seamos pocos quienes hablamos el idioma que nos define en las enciclopedias.
Perdida su función práctica en casi todo el país porque de hecho usamos más el otro, y limitada su condición simbólica, es decir, no resultando ya necesario para ser vascos ni para que así nos consideren, al euskara solo le va quedando la reivindicación legal: tenemos derecho a utilizarlo. Me da que no es suficiente motivo para alentar a posibles usuarios y atraer a quienes lo desconocen. Duele, sí, constatarlo. Pero más grave es ocultarlo.