Bien, el asunto más que obvio es que suene o no suene mañana la carambola en Oviedo la temporada deportiva de Osasuna -la campaña que han hecho tanto el entrenador como la mayor parte de la plantilla- se puede calificar como mínimo de notable, aunque después de tanto tiempo coqueteando primero con el ascenso directo y luego con el play-off el regusto amargo final puede ser importante si no se finaliza entre los seis primeros. Aunque si se alinean los astros y se pasa a play-off y se alinean aún más y se asciende, de notable se pasa a sobresaliente, pero, de momento, de notable, lo cual no deja de ser muy estimulante si tenemos en cuenta que este club evitó su práctica desaparición pasado el tiempo de descuento del último partido de liga de hace apenas un año. Visto así solo cabe darse besos hasta hartar, toda vez que lo que se tiene entre manos ahora es una plantilla joven, talentosa y con capacidad de mejora suficiente para, si no es este año -que está muy complejo-, ser aspirante firme al ascenso el año que viene y sucesivos siempre y cuando la plantilla no se desmantele de mala manera. El gran lunar va a ser la ausencia de Mikel Merino, un jugador al que se quiera o no se quiera hay que volver, porque cada jornada que pasa se hace más patente su vital importancia en el equipo, cada partido que transcurre se engrandece el hueco que va a dejar en el centro del campo y por todas partes y cada día que se termina menos se entiende o se sigue sin explicar con argumentos de enorme peso o indiscutibles el motivo o motivos reales que llevaron a Sabalza a vender al de largo mejor jugador salido de Tajonar en una década por mucho menos que su cláusula de rescisión y menos de su valor de mercado de hoy o de dentro de un año. Ojalá el presente inmediato o el futuro más cercano nos hagan olvidar este enorme e inexplicado error, pero a día de hoy cuesta verlo así.
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