Si uno escribe en Google “el euskera no”, encuentra estas cuatro primeras referencias: el euskera no sirve para nada, no viene del latín, no es un idioma y no se habla. Si escribe “el vascuence no”, aparece lo siguiente: el vascuence no desapareció, no ha desaparecido y no desaparece. El amante de la lengua considerará esto último la expresión de una longeva resistencia: ¡A pesar de todo aquí seguimos! Pero en bastantes casos resume una desazón: ¡Todavía andan con la matraca! “Puto euskera” tiene 650 entradas.
Carlos Salvador quizás sea malo pero tonto no es. Y sabía que soltando esos dos ratones -el vascuence innecesario, el euskera obligatorio-, sus enemigos se emplearían en cazar al primero mientras que los afines temerían al segundo. El euskaltzale se tocaría el corazón porque escuece lo de la inutilidad; y el resto sufriría la molestia de una supuesta imposición. Sin duda ha acertado, pues por un lado la respuesta extendida ha sido sentimental y, por el otro, agorera.
El euskera no es necesario, y la prueba es que muchísimos de quienes se ofenden no lo han aprendido ni lo van a aprender. Es algo tan obvio que no se debería entrar a ese capote con tanta furia. Claro que tampoco es necesario el Camino de Santiago, y a ningún diputado se le ocurriría subrayarlo. Bastaba recordar que los vascoparlantes tienen derechos y merecen el respeto de sus vecinos. Y, sobre todo, que el euskera en Navarra no es obligatorio, y la prueba es que ningún apocalíptico lo ha aprendido ni lo va a aprender. Empeñados en desmentir una verdad dolorosa, olvidamos desnudar una asquerosa mentira. Y así se ganan batallas y se pierde la guerra.