que me parezca que Martín es un buen entrenador para determinados momentos o incluso años de la historia rojilla y que como aficionado le estoy y estaré siempre agradecido tanto a su etapa como jugador como a sus etapas como entrenador no quita para que su parte como emisor de declaraciones me resulte de lo más pesada, aunque aquí él quizá no tenga ninguna culpa y sí sea mía, que ya hace años que no soporto la cantidad de frases huecas que llegan desde el deporte en general y, sobre todo, desde el fútbol en particular. Hay un problema de sobreexposición de algo que en sí mismo es más simple que el mecanismo de un chupete y que para rellenar hay que dotar de ingentes cantidades de palabrería barata que se pueden aguantar un día, dos o una temporada, pero es que llevamos ya cerca de 25 años invadidos por las desastrosas consecuencias de que acabados los partidos -que algunos están bien- nos intenten hacer creer que el resto es interesante, cuando no lo es o lo es infinitamente menos de lo que nos endilgan. Bien, el caso es que ayer Martín, ante el partido de hoy, nos lanzó a los aficionados el mensaje de que llevemos los pañuelos rojos de San Fermín al campo para animar. No me da la puta gana, Martín, ya lo siento. Te haría todo el caso del mundo si te hubieses ceñido a pedir al personal que animemos hasta que se nos caigan las cuerdas vocales, pero a lo del pañuelo, no. Estoy de estas demostraciones de casticismo hasta la propia punta del ciruelo, de este eterno involucrar en un partido de fútbol a lo que no tiene nada que ver. Hasta más allá del corazón, la verdad. San Fermín -si es que existió, que se duda- no juega, ni se desplaza, ni centra, ni remata, ni anima, ni hace nada de nada de nada, ni lo ha hecho ni lo hará. Se puede ser la mejor afición del mundo sin ayuda externa. Los ingleses no la necesitan ni invocan. Basta de aldeanadas, por favor.
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