imagino que Asiron y su equipo habrán tomado nota del bastante triste espectáculo en el que han convertido el proceso por el cual se elegirá a la persona o ente encargado de lanzar el próximo Chupinazo. El hecho de que se trate de una votación pública en el que se conoce de antemano a los aspirantes y el hecho obvio de que lanzar el cohete es un gran acto de reconocimiento y además una enorme inyección de publicidad o marketing -que puede otorgar beneficios ideológicos, políticos, emocionales, económicos incluso- para determinadas iniciativas que aspiran a lanzarlo ha conducido a que tanto en la calle como en las redes sociales se haya hecho campaña y pedido el voto para unos y otros, algo que, al menos a mí, me produce vergüenza ajena. Vergüenza desde el punto de vista de que todos los aspirantes me merecen respeto e incluso admiración -¿cómo no vas a admirar, por ejemplo, a la PAH o al París 365?- y me resulta triste verles envueltos -a algunos mucho más que a otros, esa es la verdad- en estos tejemanejes propios de vendedores de elixires, rebajados hasta ese extremo dada la importancia del evento y su enorme y universal visibilidad. Sinceramente, ha dado grima o, peor, lacha. Un sistema de elección así obliga a los integrantes de las candidaturas a tener que analizar internamente si se convierten por unos días en simples hombres o mujeres anuncio. No es de recibo, sinceramente, de la misma manera que tampoco lo es diseñarlo así y luego pedir que no se convierta en una búsqueda de votos, una pelea en la que los grupos más grandes u organizados cuentan con ventaja sobre otros. Creo que lejos de convertir esto en un show o en una lucha política y de egos, un empleado o empleada municipal elegidos por sorteo saben perfectamente encender un mechero. Y nos ahorramos tanta vaina, tanto nombre propio y tanto espectáculo grotesco, por muy “popular” que sea.