La selección de Albania participa por primera vez en la Eurocopa, y no lo está haciendo mal. La mitad de sus futbolistas ha nacido en el país, una cuarta parte en Suiza, una sexta parte en Kosovo y un par de ellos en Alemania y Macedonia. Otros de origen albano o kosovar han preferido optar por la patria que acogió a sus familias, y así cantan el himno suizo, griego, finés y belga sin por eso perder la huella étnica. Quizás alguno musite el serbio también. Se da una especial dicotomía en el hogar de los Xakha, uno de cuyos hijos escuchó la llamada de la prístina sangre y otro la de la ciudadanía basiliense. Hace días se enfrentaron en Lens y, como madre sólo hay una, la suya acudió al estadio con la camiseta dividida: la parte derecha mostraba una cruz y la izquierda, la del corazón, un águila.
No todos los jugadores se comunican en albanés con igual fluidez y solo dos viven en Albania. El resto se ha buscado el pan en Italia, Suiza, Grecia, Alemania, Francia, Croacia, Turquía, Estados Unidos, Azerbaiyán y hasta en Liechtenstein. Sin embargo el cóctel está incompleto: dado que Kosovo ya ha sido admitido en la feria futbolera, pronto muchos deberán decidir si sudan los colores de la gran Albania, el pequeño Kosovo, el lejano lugar donde nacieron o el próspero que les ha dado la oportunidad de trabajar.
Esta es la Europa plural que no se menciona aquí, la Europa en la que uno puede tener varias identidades, hablar idiomas distintos y sentir banderas diferentes bajo una sola ley. Esto es el siglo XXI, nos guste o nos disguste. Y aun así alguien cree que este partido se arbitra en Venezuela. Tarde, siempre andamos tarde.