No seré yo quien quite importancia a dos pintadas chungas contra un alcalde, y menos a un muy chungo rechazo a condenarlas. Lo segundo es peor que lo primero, pues mientras que la amenaza en mayúsculas es obra de tipos que se ciscan en la ley, el negarse a denunciarla viene de un partido de jerarquía y orden. Aunque fuera por el gasto municipal empleado en borrar esas letrazas, debería unirse al resto y decirlo al menos en minúsculas: eso de intimidar al prójimo está muy feo. No sólo asusta cuando le toca a uno.
Ahora bien, por lo visto y oído quizás sí somos pocos quienes pensamos que todo va demasiado rápido y amnésico. Es como si el bólido de la paz acelerase para impedir que miremos atrás. Como si el tren de la reconciliación volara con cristales tintados, no vayamos a curiosear qué ocurre ahí fuera. También es un problema de proporcionalidad. Anteayer aquí se asesinaba a mansalva, incluso se asesinó a un concejal de ese Ayuntamiento, y muchos de los hoy soliviantados callaron. No lo hizo, y eso le honra, Joseba Asiron. Y en cuanto a los grafiteros mafiosos, por desgracia o por inercia todavía abundan en fiestas y manifas de guardar.
Uno, pues, desconfía de escandaleras repentinas. ¿Las sílabas cuneteras indignarían a esta orilla del Misisipi si señalaran, como a menudo aún señalan, a un político de signo contrario? ¿Están mal las pintadas contra los alcaldes o las pintadas contra nuestros alcaldes? En el asedio serbio alguien manchó un edificio de Sarajevo tratando de ofender a los sitiados: Esto es Serbia. Al día siguiente un genio respondió con sabia pincelada: Gilipollas, esto es la Oficina de Correos. Hay mucho que aprender.