el caso es que hay dos hermanos británicos triatletas famosísimos, Alistair y Jonathan Brownlee. El otro día se disputaba la última Serie Mundial, Jonathan iba el primero en la carrera a pie y se iba a hacer con el triunfo en México y en el global de la competición cuando le dio un bajón bestial fruto del calor más la humedad. Se comenzó a desorientar, a tropezar y a perder el control y todo cuando solo faltaban 300 metros para la meta. Su hermano Alistair, dos años mayor que él y doble campeón olímpico, llegó por detrás -iba tercero- y ni corto ni perezoso cogió a ese espantapájaros que era su hermano pequeño, apenas un muñeco de trapo que se mantenía en pie por pura costumbre, y lo llevó en volandas a la meta, empujándole y exigiéndole cuando se encontraba en unas condiciones físicas muy peligrosas. Estas imágenes se suelen vender como épicas y heróicas, la clásica tenacidad del ganador y la legendaria “no hay que rendirse jamás” y esas frases de cinco duros de si quieres puedes y el conjunto entero de glorificación del éxito y del esfuerzo en el que vive esta sociedad que no acepta que puede uno pararse, que debe hacerlo en muchos casos, que pararse no es un fracaso, que a veces el fracaso es seguir, que fracasar está bien si ese fracaso concreto no se te lleva por delante, que no es que haya que buscarlo pero si viene no pasa nada especial, y que el hermano mayor de los Brownlee así como miles de millones de personas en otros ámbitos de la vida lo que en realidad es es un enfermo, que solo entiende el tema -esto de vivir- si se llega a la meta, la que sea, y se da, siempre y en todas las circunstancias, el 100% o más. Pues no. Lo que tendría que haber hecho el hermano mayor era cuidar del pequeño mientras llegaba una ambulancia y se lo llevaba a toda leche a un hospital para examinarlo y reanimarlo. Confío en que al volver a casa su madre le diera una buena hostia.
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