es triste decirlo, pero uno de los más claros aspectos que nos ha traído este especie de postmodernidad supersónica que se devora a sí misma cada semana no es el otro que el de poder asistir a los dramas ajenos casi en tiempo real y, sentados en nuestras sillas, creer que nos convertimos en parte de los mismos o al menos tener la opción de ofrecer nuestra opinión acerca de todo lo que sucede en el planeta. Tú ahora mismo te cruzas con alguien al que sigas en las redes sociales y serías capaz de, si es muy activo-a en las mismas, conocer sus gustos, estilos, etc, etc y qué opina hasta de la cría del visón en cautividad. Por supuesto, cuál es su teoría acerca de la violación en grupo de San Fermín, que se ha convertido en el asunto del verano y, por ahora el asunto, del otoño. Ya no es tanto un problema de una persona concreta, un drama de una persona concreta, por mucho que así sea, como un tema común, con su sucesión de emociones, reacciones, informaciones, reacciones a esas informaciones, más emociones, opiniones, dictámenes, juicios previos, prejuicios, verdades absolutas y el vademécum entero de lo que ocurre cuando nos dejan meter nuestros sucios hocicos en asuntos así, sórdidos a más no poder, repulsivos a más no poder y, de puro exagerados, incluso complejos de creer. La modernidad esta que no respeta nada -sé más de los padres de Diana Quer y de sus vidas que lo que he sabido de los anteriores reyes de España durante los 40 años que estuvieron en el poder- tampoco respeta a una chica de 18 años, convertida al parecer en simple carne para los acusados y convertida poco después en poco más para algunos medios de comunicación, para quienes han filtrado datos y detalles y para buena parte de la población, que gritamos indignados mientras con el índice de la mano derecha le damos a la flecha de bajar para seguir leyendo, bajando hasta donde haga falta.