“Hay más delincuentes potenciales en esta Cámara que ahí fuera”, sentenció Pablo, y provocó la esperada ola entre los suyos. Unos, presentes en el ágora criminal, aplaudieron a gusto; otros, los de la honrada rúa, sacaron cerillas para dar fuego a unas redes chamuscadas. Resultó demagógico y forocochero. De hecho, esa perenne alusión a la gente, al pueblo, a la calle, como si fueran muy distintos de sus representantes, abarata su mensaje.
Ningún político nace para suicidarse, pero tratar de sanear un país sin citar los vicios del paisanaje es estrenar chándal con el gayumbo sucio. No estamos así sólo porque chorizos con corbata roben o chuleen al ciudadano descamisado: también porque millones de ciudadanos descamisados juzgan baladí el delito, sea cometido por un senador o por el vecino. De modo que ese distingo entre una España formidable y un Congreso malhechor cojea, pues el segundo es elegido por la primera y de la primera surgen los corruptos que florecen en el segundo. Y han sobrado oportunidades para sustituirlos.
En verdad lo preocupante es esa potencialidad delincuencial de tanto peatón, esa alabanza del pícaro, esa disculpa del chanchullo, esa tendencia al trapicheo que al ascender infecta todas las arterias del Estado: institucionales, empresariales, sindicales, policiales, mediáticas, culturales? Bastaría ver a cualquier amigo del simpa con vara de mando, dejada atrás su grisura de hipotético poderoso y convertido en real empoderado. Julián Muñoz era camarero y Luis Roldán, ingeniero de pega. Para crear un Bárcenas hacen falta muchos Prendas. Y eso no se cambia ejerciendo uno de Bono. Ni del manchego ni del de U2.