Es inevitable acordarse de la escena en la que John Goodman está en el acantilado junto a Jeff Bridges y suelta su speech acerca de Steve Buscemi y luego lanza las cenizas de éste al aire tras abrir la urna y le caen todas a Bridges en la cara. Completamente inevitable al leer que la Iglesia Católica va a prohibir a sus fieles que cada cual pueda disponer de las cenizas de sus muertos, obligando a que se depositen o en cementerios o en los lugares disponibles para ello en las iglesias. Ni en las casas ni lanzadas al aire o al mar o al río o a la tierra. “Los cuerpos de los difuntos no son de sus familiares, sino de Dios”, recalca el oficio o como se diga. No sé, imagino que la Iglesia Católica tiene sus creencias y a los que forman parte de la misma les ordena lo que les place y que luego estos hacen o no hacen, aunque no deja de ser curioso para los que no formamos parte de la misma la cantidad de estupideces sobre las que pueden llegar a discernir, estudiar, dictaminar o imponer. Es sorprendente, la verdad. Mi madre, por ejemplo, era creyente, pero nos dijo que la quemáramos y lanzáramos sus cenizas por la ventana de la cocina del pueblo y eso hicimos. Las lanzó su nieto mayor y mi hermano y todos miramos desde abajo y mi padre, triste como todos, las esparció un poco por la hierba de delante con un palo de avellano y ahora sabemos que mi madre está en los cimientos de esa casa para siempre. Esto para la Iglesia Católica creo que es naturalismo o no sé qué. Para nosotros es lo normal. En ningún lugar sagrado del mundo le van a querer a mi madre más que ahí. Y si resucita en cuerpo y alma tal y como dice la Iglesia, mucho mejor que resucite ahí, al lado de su río, que en un cementerio, que menudo susto se llevaría la pobre. Mi abuela está cinco metros más adelante, así que si resucitan las dos ya tienen con quién hablar y discutir. Así diga Roma misa.