Es curioso, pero cuando tenía entre 8 y más o menos 18 años toda esa gente que aparecía en la televisión en su condición de presidentes del gobierno, ministros, oposición, jefes de asuntos varios y en general cualquiera que estuviera investido de alguna clase de poder me resultaban mucho más parecidos a mí o cercanos de lo que me resultan ahora los que salen ahora. A mí Marcelino Oreja y Moscoso, un mínimo ejemplo de los cientos que salían, me parecían personas normales. No digo buenas o malas, digo normales. Incluso Roldán y Corcuera y hasta el Rey me parecían normales. Por lo que no sé si he sido yo el que he cambiado y me he distanciado o ha sido el tipo de gente que es ahora poderosa la que ha cambiado, pero el caso es que los miro -ahora, por ejemplo, que hay una remesa nueva de ministros y ministras- y me resultan tan vacíos e irreales no ya como si viviésemos en planetas diferentes, sino que ni siquiera hubiésemos pisado nunca el planeta del otro. Miro con total desinterés la cara del nuevo ministro de Fomento, apenas un año mayor que yo, y es como si ese señor y yo jamás hubiésemos pisado la misma tierra a la vez. Me pasa con la inmensa mayoría de los que salen, tal vez por falta de tensión vital o que no me implico en la actualidad, quizá por ser tan excesiva como soporífera. Es como si me pareciesen, en el fondo, burdas copias unos de otros o burdas copias de muchos de quienes les precedieron en el pasado o de quienes vengan en el futuro, como si los tuviesen metidos en los sótanos de Galerías Preciados y los fuesen sacando para ser ministros o jugadores de golf o brokers o consejeros delegados de algo o esa gente que sale su cara en la prensa económica con, como se suele decir, cara no de haberse hecho una paja en su puta vida y un master en el IESE. O que de antemano ya no te fías de ninguno como te fiabas en la ingenuidad de la niñez.